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Florencia Arcidiacono migró dos veces entre Argentina y España y aprendió que la experiencia no es un sueño idealizado, sino un tránsito lleno de desafíos y aprendizajes. Su historia refleja las tensiones, el arraigo y la reinvención que atraviesan a miles de argentinos.

En Argentina, cada crisis deja una postal repetida: mientras los bolsillos se vacían, los aviones se llenan. Cada oleada migratoria responde a un patrón colectivo que se puede identificar con jóvenes, profesionales y familias que buscan en otro lugar lo que en su país parece inalcanzable: estabilidad, futuro y dignidad. La historia de Florencia Arcidiacono refleja esa trama personal y colectiva que atraviesa generaciones de argentinos.

La migración sin romanticismo

Florencia conoce bien el camino de la emigración: ya lo había transitado en 2006, cuando a sus dieciséis años la inestabilidad post-corralito —la restricción impuesta por el gobierno de Fernando de la Rúa el 1 de diciembre de 2001 que limitó el retiro de dinero que provocó una crisis social con 39 personas asesinadas durante las protestas— y algunos hechos de inseguridad llevaron a su padre a tramitar la ciudadanía italiana y emigrar en familia. Luego de unos años en el viejo continente, Florencia tomó la decisión de separarse de sus seres queridos para volver a elegir Argentina: “Yo terminé mis estudios secundarios en España, pero no me adapté. Tenía diecinueve, casi veinte años cuando decidí volver a la Argentina”, recuerda. 

Los 10.500 kilómetros que la separaban de sus padres y su hermana en Madrid se fueron volviendo cada vez más densos y difíciles de sobrellevar con el paso del tiempo. “Un día me llamaron y me dijeron que mi papá estaba muy complicado de salud, y tuve que viajar de urgencia para poder estar con él. Lamentablemente falleció a los 20 días”, comparte Florencia.

Ese duelo marcó un quiebre en su vida. Comprendió que el tiempo es irrecuperable, implacable, y que nunca vuelve atrás. Desde esa certeza, sintió la necesidad de dejar atrás una versión antigua de sí misma y abrirse a una nueva etapa. En 2024, decidió junto a Alejo, su hijo de 13 años, migrar nuevamente hacia el país ibérico. La mudanza significó, en parte, una forma de compensar el tiempo perdido, procurando fortalecer los lazos familiares y privilegiar la vida compartida con sus seres queridos. Para ella, este cambio no representaba solo un nuevo comienzo en lo personal y profesional, sino también la posibilidad de estar más cerca de los suyos, de acompañar el crecimiento de su hijo y de recuperar, en la medida de lo posible, aquellos momentos cotidianos que había dejado atrás.

A pesar de que sus últimos días en Argentina estuvieron cargados de ansiedad y cierta nostalgia, esta vez tomó la decisión desde un lugar más sobrio y consciente: “Nunca idealicé Europa. Sabía lo que había y lo que no. Porque si idealizás el lugar de llegada, terminás despreciando el de origen. Y ni una cosa ni la otra, explica.

Al llegar a España, unos días de descanso fueron inevitables para recargar energía y empezar a vivir la experiencia. “Los primeros días son bonitos, siempre lo digo, hay una etapa de enamoramiento, nos enamoramos de todo lo nuevo que vemos”, cuenta Florencia.

Sin embargo, no todo es color de rosa. “Mientras esperaba la regularización de la documentación mía y de mi hijo, trabajé limpiando casas, cuidando personas mayores. Era pleno verano y todos estaban de vacaciones. Pero acepté que mi realidad era otra y no fue un padecimiento”, relata, recordando el esfuerzo que implica integrarse en una nueva sociedad.

Al cabo de unos meses, logró insertarse en el mercado laboral formal y hoy tiene un puesto estable en una multinacional del rubro de la construcción. Eso le permite planificar, viajar y organizarse financieramente: “Acá con el mismo trabajo que hacía en Argentina puedo ahorrar y proyectar. No me hago millonaria, pero crezco. Y eso ya marca la diferencia”, afirma.

El relato de Florencia se desmarca de la narrativa frecuente en redes sociales que muestran la emigración como una promesa de éxito inmediato. El sistema está diseñado para que te canses y vuelvas. Hay trabas burocráticas, tendencias racistas de ciertos grupos y momentos de soledad. Pero yo no lo elegí para sufrirlo, sino para nutrirme de la experiencia”, dice.

La socióloga argentina Saskia Sassen sostiene que los movimientos migratorios modernos deben leerse como “estrategias de supervivencia frente a un sistema global que expulsa y a la vez necesita mano de obra”. La experiencia de Florencia muestra que la migración no es un sueño idílico, sino una experiencia que comprende cuestiones personales y laborales profundas. 

Los desafíos de la integración

Florencia vive de cerca los problemas relacionados a la migración, desde adquirir el vocabulario propio del lugar hasta la búsqueda de vivienda: “Hay una crisis habitacional enorme. Los alquileres están pensados para el turismo y muchas familias terminan desplazadas”.

La crisis de vivienda en España no es un problema individual, sino estructural: según informes de la Comisión Europea, la presión del turismo y los fondos de inversión han disparado los precios del alquiler. Para los migrantes, que ya cargan con prejuicios sociales, esto significa una doble exclusión: la económica y la cultural.

A su vez, España no está exenta de los movimientos de ultraderecha antiinmigración que proliferan en distintas partes del mundo, lo que repercute en el trato hacia los migrantes. “Hay mucho racismo. Esto es una realidad. Y no es solamente en España, es una tendencia global en este momento. Entonces, te vas a encontrar con esas situaciones en las que realmente vas a sentir que no pertenecés. Esto hay que tenerlo claro”, enfatiza.

La migración no es solo económica: también involucra el sentido de pertenencia. Los sociólogos señalan que el migrante vive en una “identidad en tránsito”: no termina de ser plenamente del país que dejó ni completamente del país al que llega. Florencia lo resume en su práctica cotidiana: reconoce lo que extraña de Argentina —las golosinas, la calidez de los vínculos—, pero no vive la nostalgia como un vacío, sino como parte de una identidad que se reconfigura.

Consejos a la hora de contemplar la migración

Para Florencia, migrar no debe confundirse con “irse del país porque sí”: “El objetivo no es subirse a un avión, sino saber qué buscás. Porque cuando llegás empieza lo más difícil: sostenerte día a día en un lugar donde nadie te debe nada”, sostiene.

Entre sus consejos aparecen:

  • Llegar con ahorros y papeles en regla, para evitar caer en la vulnerabilidad propia de la ilegalidad.
  • Ser humilde con los primeros trabajos, aunque no estén alineados con la formación previa.
  • No idealizar ni el país que se deja ni el de acogida.
  • Mantener predisposición y apertura a la integración.
  • Lo más importante: Tener un plan claro. No basta con querer irse, hay que definir para qué.

El sociólogo alemán Zygmunt Bauman afirmaba que “la migración es el síntoma más visible de una modernidad líquida, donde nada es definitivo ni seguro”. Florencia lo expresa en carne propia: no descarta volver a la Argentina en el futuro. Mientras tanto, repite una certeza que resume su experiencia y la de tantos compatriotas: “Emigrar no es un final ni un destino, es una etapa. Y como toda etapa, tiene fecha de vencimiento”.

De este modo, toda experiencia migratoria condensa contrastes inevitables: la distancia de los afectos, los desafíos de la integración, las tensiones económicas, pero también la oportunidad de crecer, de reinventarse y de sostener los propios sueños. Migrar no es un destino final, sino un tránsito: un puente que, con sus luces y sombras, invita a repensar qué significa construir un futuro lejos de lo conocido.


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Equipo Periodístico |  + notas

Amante del Jazz, el tenis, el yoga y los idiomas.
La temática migrante condensa algunos pilares que, desde mi punto de vista, son de suma importancia en cuanto seres intrínsecamente sociales: la empatía, el diálogo y el intercambio cultural como formas de construir una mundo más justo, sustentado en el amor y la hospitalidad.


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