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De pastor de ovejas en su Sicilia natal, pasó a convertirse en una de las máximas figuras de la música argentina en los años 30. Repasamos la historia de su vida con su nieta Victoria, heredera de su legado, que sigue investigando sus orígenes y nos adelanta información inédita que formará parte de un nuevo libro sobre su abuelo. 

Hablar de Ignacio Corsini es evocar a uno de los principales referentes de la música argentina de la primera mitad del siglo XX. Heredero directo del célebre payador José Betinotti, Corsini conformó junto a Carlos Gardel, Rosita Quiroga y Agustín Magaldi la plana mayor del cancionero musical de los años 20 y 30. Dotado de una voz de tenorino, fue su estilo inconfundible, dulce y melancólico el que lo volvió un ídolo de masas. En 1939, llegó a ser el artista mejor pago de toda la radiofonía nacional.

Allí nací

La historia de sus orígenes no está exenta de misterio. Siempre se supo que había nacido en Sicilia. Gardel, su amigo y colega, lo apodaba cariñosamente como “El Tano”. Hasta 2012, la ciudad de Troina, en Sicilia, era la que conmemoraba su natalicio. Sin embargo, la investigación llevada a cabo por su propia nieta, Victoria Corsini, ha arrojado nueva información sobre sus orígenes y su historia familiar.

La versión más comúnmente contada sobre Ignacio Corsini relata su nacimiento en 1891 y su llegada a la Argentina en 1896 junto a su madre, Socorsa Salomone. Pero según cuenta Victoria, el arribo de la familia habría tenido lugar en 1901, a bordo del Vapor Antonina, y Socorsa Salomone no sería su madre biológica, sino adoptiva. Ignacio, quien habría sido dejado en un orfanato siendo un recién nacido, fue acogido por ella. “Socorsa, también huérfana, provenía aparentemente de una familia influyente en la región, pero fue abandonada por ellos y había sido criada en ese mismo orfanato. Ya de adulta, trabajaba allí realizando tareas de cuidado. Al parecer, ella se encariñó mucho con ese bebé, mi abuelo, y decidió adoptarlo. Cuando mi abuelo tenía dos años, ella se casó con un señor viudo y puso como condición que se le respetara el verdadero nombre de mí abuelo: Andrea Corsini.” 

Esta nueva versión de los orígenes familiares de Corsini también arroja luz sobre su nombre. A pesar de que la historia popular ha mantenido a Ignacio como su segundo nombre (Andrea Ignazio Corsini), la realidad parece ser diferente. “No, el nombre Ignacio es acá, y sospecho que se agregó este nombre para cantar o para la vida pública, o de lo contrario puede haber sido un segundo nombre de bautismo”, señala Victoria, sugiriendo que el famoso cantor adoptó el nombre “Ignacio” como parte de su identidad artística, una decisión probablemente vinculada a su carrera y su proyección pública.

Con estos nuevos datos —más otros que ha ido recogiendo en una reciente visita a Sicilia— Victoria planea editar un libro que será una ampliación de aquél que escribiera su padre en los 70: “Ignacio Corsini: Mi Padre”, de Ignacio Corsini (hijo), hoy muy difícil de conseguir y fuente principal de información sobre la vida de Corsini. 

Cuenta Victoria:

Me dieron el documento de su arribo a la Argentina, que por suerte tuve la alegría de que mi padre lo viera. Al principio se conmocionó porque dijo “y pero entonces yo me equivoqué porque dije que había llegado con cinco años..”, le digo: papá, no es tan grave, se puede hacer un apéndice, una continuidad, que es lo que estoy haciendo con toda la otra información que he obtenido en Sicilia. 

Vapor Antonina, en el cual llegaron Ignacio Corsini y su madre adoptiva al Puerto de Buenos Aires en 1901.

La orfandad, un tema delicado en aquellos años

El propio Corsini, en vida, prefirió mantener en privado ciertos aspectos de su pasado, sin ocultar su procedencia siciliana pero dejando de lado su historia de orfandad y desarraigo. Sin duda este tema debió ser algo muy doloroso para él, que si bien quiso a Socorsa Salomone como a su verdadera madre y cuidó de ella hasta el final de sus días, se puede apreciar en su discografía varias canciones grabadas que hacen referencia a la madre perdida, el abandono y la orfandad, siendo tres de ellas en particular realmente desgarradoras:

Hijos de nadie” (Maglio/Fernandez)

Son hijos de nadie, que purgan las culpas

De hombres de plata, que fingen amar,

Cayendo en sus garras, muchachas ilusas

Que siempre han soñado con un bienestar.

Promesas mentidas, que llevan al crimen

De hacer abandono a un hijo real…

¡Oh, seres infames! No dejen sin nombre,

No entreguen al hijo a vil orfandad.

Hijo del fango” (Pesce/Franzino/Pracánico)

Soy hijo de nadie, nací en el arroyo

Mi vida es un sueño de penas sin fin,

Yo nunca he tenido caricias de madre

Los besos maternos no son para mí.

Amargor

¡Madre mía!,

Por qué has hecho de mi vida,

Tal sendero de amargor.

¡Madre mía!,

Qué motivos te indujeron

A negarme tu calor.

El secreto, de tu falta los respeto

Qué otra cosa puedo hacer,

Mi reclamo, es el ansia incontenible

De encontrarte alguna vez.

Si bien estos tangos no fueron escritos por el propio Corsini, no es casual que los eligiera para interpretarlos ya que es de suponer que lo tocarían en sus fibras más íntimas, logrando interpretaciones muy dramáticas y emotivas.

La solita storia del pastore…

Es sabido que una vez en Argentina se radicaron en el barrio de Almagro y luego de un tiempo, el pequeño Corsini fue enviado a la localidad de Carlos Tejedor (Provincia de Buenos Aires) a trabajar en una estancia como peoncito. Lo que Victoria también pudo averiguar es que anteriormente su abuelo ya había realizado tareas rurales en Italia, algo que era completamente desconocido y ayuda a entender no solo el hecho de que ya tuviera un vínculo con el ámbito campesino y sus quehaceres, sino también esa pasión e inclinación hacia un cancionero siempre relacionado con lo rural, el trabajo en el campo y la naturaleza:

 “Él en Sicilia pasó por Agira, Nicosia y Troina, en las tres tuvo historia y era pastor de ovejas como la mayoría de los chicos. Eso es lo que me explicaron, pero que no cualquiera también podía ser pastor de ovejas, porque tenés que tener una cabeza muy concentrada para que no se te dispersen, llevarlas a pastar, llevarlas a hacer sus necesidades y luego juntarlas, no cualquiera lo podía hacer y a mí eso me sonó familiar, en la obsesión que tenía el abuelo por no tener acento, por esas larguísimas horas de ensayo con los guitarristas y allá en Sicilia me decían: “y claro, porque tenía la estructura en la cabeza, pasó 10 años allá.”

Certificado de entrada a la Argentina de Andrea Corsini y Socorsa Salomone | Imagen: colección de Victoria Corsini

Una vez en Carlos Tejedor, Corsini conocería en aquella estancia al “Negro Domingo”, un paisano que le enseñó a tocar la guitarra. En aquellas materas y fogones camperos, el futuro ídolo comenzaría a cantar. Ya más de muchacho regresaría a Almagro y se desempeñaría como albañil especializado en el oficio de frentista, un trabajo muy común en los inmigrantes italianos por aquellos años. Sería en ese mismo barrio que escucharía por primera vez a su máximo referente: José Bettinoti, aquel payador suburbano que sería creador de dos de las primeras canciones relevantes de nuestra música: “Pobre mi madre querida” y “Tu diagnóstico”. 

Además del canto comenzaría su afición por el teatro y la actuación, siendo contratado por la compañía de José Podestá y su famoso circo criollo, logrando con este un gran éxito. 

La muchacha del circo

Luego de su rotundo éxito con el circo de los Podestá, Corsini sería contratado por José Pacheco, otro famoso artista circense de la época. En esa compañía comenzaría su historia de amor con Victoria Pacheco, hija del patrón y trapecista del circo. Una relación que no sería sencilla de consumar por las diferencias sociales entre ambos que en aquella época pesaban demasiado. “Los Pacheco pertenecían a una familia tradicional criolla y él era un muchacho sin dinero, inmigrante, entonces se oponían a que su hija se casase con él. Esto lo cuento ahora porque estamos en una época en que se puede contar y a mí me pone muy contenta que la decisión que tomaron fue quedarse embarazados a los 17 de ella y 18 de él. En aquella época (ante tal situación) había que casarse y se casaron”. Fruto de este matrimonio nacería su único hijo, a quien llamaron igual que su padre: Ignacio Corsini.

Año 1910, fiesta del centenario. Victoria Pacheco e Ignacio Corsini bailando el pericón en la exposición ferroviaria | Imagen: colección de Victoria Corsini.

Su nieta Victoria, nos cuenta que por aquéllos años, Victoria e Ignacio…”Vivieron en un conventillo con otros artistas, como Tita Merello. Y cuando ellos actuaban lo llevaban a papá que era chiquito; lo ponían en un canastito detrás de las bambalinas.”

Ídolo de la radio

En 1922, un hecho trascendental marcaría un antes y un después en la carrera de Ignacio Corsini: grabó el tango Patotero Sentimental, compuesto por Romero y Jovés, y estrenado en la obra teatral “El bailarín del cabaret”. El éxito fue inmediato y arrollador: el público comenzó a pedirle que lo interpretara una y otra vez. A partir de ese momento, esta solicitud se repetiría con frecuencia, y es así que tras varios años como galán cantor en compañías de teatro y varieté interpretando gran infinidad de sainetes, cantando y destacándose como la principal atracción, el canto se volvió un sello característico de sus actuaciones. De tal manera que decide abandonar definitivamente su carrera de actor para dedicarse a su carrera de cantor solista. A partir de ahí, se convertiría en un referente indiscutido de la canción argentina. 

Para 1929, su número de grabaciones había superado las 380 canciones. Fue en ese mismo año cuando Corsini grabó uno de sus mayores éxitos y una de las canciones más emblemáticas de la historia de la música popular argentina: La pulpera de Santa Lucía. Este vals criollo, que evocaba los tiempos de Juan Manuel de Rosas, tenía la música del talentoso Enrique Maciel, guitarrista inseparable de Corsini, y la letra de Héctor Pedro Blomberg. El éxito fue rotundo: las ventas de discos y partituras superaron todas las expectativas, y la canción quedó eternamente ligada al nombre de Ignacio Corsini.

La dupla Blomberg/Maciel seguiría brindando más éxitos que el ya apodado “Caballero Cantor” llevaría al disco para satisfacer el fervor popular, consolidándose aún más en el corazón de los argentinos.

Ignacio Corsini junto a su inseparable trío de guitarristas: Rosendo Pesoa, Enrique Maciel y Armando Pagés | Imagen: colección de Victoria Corsini.

El poncho del olvido

Los éxitos de Ignacio Corsini siguieron sumándose: películas, giras por todo el país, los mejores contratos radiales, la fama y el amor de su pueblo. La muerte de sus amigos y colegas Carlos Gardel (1935) y Agustín Magaldi en (1938) fueron golpes muy duros para él. Entre 1942 y 1946 no haría grabaciones. Curiosamente en esos años grabará a dos autores que inauguran una nueva etapa en la música argentina: Homero Expósito (Pedacito de cielo) y Atahualpa Yupanqui (Camino del indio). 

En 1948 fallece su esposa Victoria, el amor de su vida. Y decide dejar de cantar. Para ese entonces el número de grabaciones rondan las casi 700 obras. En 1949 realiza su despedida oficial en el programa “Argentinidad” de Radio Belgrano. La emisión y la despedida duraron dos meses, del 2 de abril al 2 de mayo de ese año. Según relata su hijo, una de las emisiones fue transmitida en La Antártida y Tierra del Fuego, y en esos dos meses cantó 15 milongas, 14 valses, 9 zambas, 20 canciones camperas, 1 pasillo colombiano, 1 gato patriótico y 1 solo tango: El Adiós. De allí en más se recluyó en su casa de la calle Otamendi, rodeado de su hijo y sus nietos, visitado siempre por músicos y amigos, coleccionistas, admiradores, etc. 

Con el correr de los años se volvió nostálgico y comenzó a sentirse algo olvidado. Era muy común verlo caminar por el Parque Centenario o los 24 de junio en la Chacarita homenajeando a su amigo Gardel, para el cuál siempre tuvo los mejores recuerdos y toda su admiración.

Arriba Gardel y Corsini en una foto promocional para el sello Odeón. Debajo un Corsini ya anciano observando la foto autografiada de su amigo, la cual tenía siempre sobre el piano de su casa | Imagen: colección de Victoria Corsini

Sus últimos años, el recuerdo de su nieta 

“Mi relación con el abuelo fue excelente, quizás porque yo me llamaba Victoria por pedido de él y un poco por eso creo que era su favorita. Recuerdo que yo era chica y me llevaba al cine a ver sus películas y cuando él aparecía yo no entendía y me ponía a gritar ‘¡pero si estás ahí abuelo!’ También recuerdo cuando cumplí mis quince años, los muchachos del barrio al momento de que bailáramos el vals juntos, cambiaron el disco del vals tradicional en el wincofon y pusieron ‘La pulpera de Santa Lucía’. Creo que tomé real dimensión de quién era él, más cerca de su muerte. Un día en que yo estaba en la terraza que daba a su dormitorio, él trajo su guitarra y me dijo: “Quiero que esto lo tengas vos, es mi regalo para vos”. 

El reencuentro con un amigo de Italia y el adiós. 

Ignacio Corsini padeció un cuadro complejo de salud antes de fallecer: tres ACV lo dejaron postrado durante sus últimos dos meses de vida. Su nieta recuerda que por aquellos días su abuelo solía repetir un nombre: “¡Arturo, Arturo!”, sin entender a quién se refería. Hace cuatro meses Victoria pudo resolver aquel misterio. Se trataba de Arturo Terzi, un amigo con el cual su abuelo había viajado en el vapor Antonina hacia la Argentina. Ya de adultos se habían perdido el rastro y a Arturo le daba algo de vergüenza acercarse a su amigo por la fama de este. No fue hasta 1957, cuando por motivo de la visita al programa televisivo “Volver a vivir” que conducía Blackie, le preguntaron a Corsini a quién le gustaría volver a ver de su pasado.Y este nombró a su amigo Arturo, al cual invitaron a participar de aquél homenaje, y vivieron un reencuentro muy emotivo entre ambos. Corsini podría haber pedido ver a algún viejo colega de sus años de gloria, algún familiar. Pero pidió ver a Arturo, aquel niño que conoció en un barco, en un primer viaje a una tierra desconocida. 

Diez años después, el 26 de julio de 1967, apenas se enteró del estado de salud de Corsini, Arturo decidió ir a visitarlo. Antes de ir a la casa del viejo cantor, se entera de la noticia de que su amigo, aquel con el cual vino en barco desde Italia, el de los juegos y las travesuras en las calles de Almagro, Ignacio Corsini, ha fallecido. Ese mismo día del mes de julio, lluvioso y frío, también murió Arturo Terzi.

Dolor de ausencia en los ojos

Beso de sol en su pelo,

Romántico soñador

Era el cantor de mi pueblo.

Tenía una dulce tristeza

Cuando evocaba cantando,

El dolor de un amor muerto

O el alma de nuestros campos.

Pero una noche de invierno

Una noche sin estrellas,

Quedó solo con su angustia

Al perder su compañera.

Desde entonces en silencio

Oigo a través del recuerdo,

Esta canción que gemía

Aquel cantor de mi pueblo.

“Sólo la desesperanza

Anida en mi alma doliente,

Ella se fue de mi vida

Yo voy con rumbo a la muerte.

Me acompañan en mi noche

Triste, en la sombra, calladas,

Mi amiga la soledad

Y mi guitarra enlutada.

Nadie sabe de esta pena

Que va desgarrando mi alma,

Ya mi vida es vida muerta

Porque murió mi esperanza”

Romántico y soñador.

Fue la última canción

Que en la noche se escuchó,

De aquel cantor de mi pueblo

(Tango escrito por Ignacio Corsini en su retiro con música de Enrique Maciel, grabado en 1954)

Una lista de temas para recordar y redescubrir a Ignacio Corsini:

+ notas

Cantor de Tango, estudiante de canto y música. Investigador autodidacta, apasionado de la historia, principalmente de los aspectos culturales y artísticos. Nacido en Buenos Aires. De raíces muy variadas, principalmente latinas europeas y nativas americanas.


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