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De la persecución en Nicaragua al activismo en Extremadura: el testimonio de una periodista que reconstruye su vida y su trabajo frente a la vigilancia transnacional del régimen nicaragüense.

Cuando la nostalgia aprieta, Maryorit cierra los ojos y recorre su casa en Nicaragua: el patio, los cuartos, la sala, los árboles de mango, papaya y naranja que ella misma plantó. Esa casa ya no existe para ella. Salió el 24 de diciembre de 2018 bajo amenazas de muerte y no volvió. Desde Extremadura construyó otra vida: un movimiento de mujeres migrantes y un medio de comunicación feminista.

«Y si te llevan presa a vos, ¿qué va a pasar con el niño? ¿Qué va a pasar con todos nosotros?», le decía su familia antes de que tomara la decisión de salir del país». «Porque no es solo a una persona de la familia a la que meten presa, meten presa a toda la familia y toda la familia queda fichada», dice Maryorit de Fátima Guevara Gutiérrez, de 45 años, exiliada política nicaragüense que hoy vive en España y cuya historia relata la travesía humana que implica salir de la patria cuando el contexto político pone la integridad y la vida en riesgo.

De la crisis política al exilio forzado

Desde su retorno al poder en enero de 2007, el gobierno de Daniel Ortega ha consolidado un proceso progresivo de concentración de poder que alcanzó un punto crítico en 2016, con la eliminación de la oposición institucional y la designación de su esposa Rosario Murillo como vicepresidenta. Con la destitución de los diputados opositores elegidos en 2011 y la elección de Murillo, se eliminó el último rastro de institucionalidad en Nicaragua. A partir de entonces, el cierre del espacio democrático se profundizó en un contexto caracterizado por la concentración del poder y un modelo económico que, pese al crecimiento macroeconómico, mantuvo altos niveles de desigualdad, informalidad y exclusión social. Este escenario derivó en una crisis sociopolítica que estalló con mayor intensidad en 2018, cuando la represión a las protestas dejó cientos de muertos y marcó el inicio de una nueva fase: la persecución sistemática de opositores, periodistas y sociedad civil.

Con el paso de los años, esta persecución no se limitó al territorio nacional. Informes recientes del Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua de Naciones Unidas evidencian que el aparato de vigilancia del régimen se ha extendido fuera de las fronteras desde estructuras que incluyen componentes del Ejército, la Policía, el Instituto Nicaragüense de Telecomunicaciones (Telcor), misiones diplomáticas y el propio partido oficialista, el Frente Sandinista. Este documento declara que la red opera mediante vigilancia física y digital: seguimiento de personas exiliadas, hackeo de cuentas, interceptación de comunicaciones, uso de spyware y monitoreo sistemático de redes sociales. Esto, sumado a una campaña constante de difamación impulsada por granjas de bots y redes de trolls relacionadas al oficialismo nicaragüense, tiene como objetivo difundir acusaciones sobre terrorismo o narcotráfico a las víctimas de persecución política.

En ese contexto se inscribe la historia de Maryorit, periodista del medio digital Artículo 66, donde realizaba contenidos críticos y satíricos sobre casos de corrupción, entre los cuales destacaron una serie de videos cuya popularidad le costó el exilio bajo amenazas de muerte para ella y para su niño:

«Yo salí de Nicaragua un 24 de diciembre de 2018 rumbo a El Salvador, después de un año de crisis sociopolítica en la que, debido a mi labor de periodista crítica, fui blanco de amenazas de muerte para mí y para mi hijo de cuatro años en aquel entonces; ya que estos vídeos se hicieron muy populares en el marco de la crisis de Nicaragua y esto provocó que quedara en el centro de señalamientos de traidora, de imperialista, de financiada por la CIA y que, a partir de ello, se publicara la dirección de mi casa y se llamara a las turbas a quemarla y asesinarme a mí y a mi niño de cuatro años, además de a violarme», explica Mayorit.

Ante este escenario, el desplazamiento interno fue el primer paso para Maryorit, quien se vio forzada a instalarse en una casa de seguridad y su hijo en casa de su hermana. Sin embargo, tras el aumento de la presión, y a petición de su familia, no tuvo más opción que salir del país un 24 de diciembre para evitar caer presa.

«Salgo esa tarde rumbo a El Salvador porque no tenía dónde irme y luego tomo la decisión de irme el 31 de diciembre para España, llegando acá un primero de enero», relata.

Pero migrar en condiciones de exilio no necesariamente implica seguridad ni estabilidad inmediata.

Exilio sin redes de apoyo: asilo e incertidumbre en España

«Cuando llegué a España no tenía a nadie que me recibiera, tenía pagados cinco días un hostal y dije: “En esos cinco días tendré que resolver”. Intenté entrar al programa de apoyo al refugiado y solo nos dieron un pequeño papelito donde decía que podríamos hacer la solicitud en junio. Solicité el asilo y, a partir de ahí, pues el asilo me fue concedido en agosto de 2020», cuenta Maryorit.

Su experiencia destaca la crucial importancia de las redes de apoyo informales, pues gracias a ellas, Maryorit logró un espacio temporal y posteriormente el ingreso al sistema de asilo. Desde el exilio, su trayectoria no se detuvo; por el contrario, se transformó en un periodismo de denuncia y en un activismo consecuente con su propia realidad como migrante exiliada.

Resistencia, activismo y periodismo feminista

«Ahora yo aquí soy presidenta, fundadora del Movimiento de Mujeres Migrantes de Extremadura, trabajamos con mujeres migrantes víctimas de violencia machista y las apoyamos en todo su proceso de regularización porque la mayoría se ven obligadas a vivir desde la precarización, ya que solo pueden trabajar en el hogar y los cuidados, trabajos muy explotados. Las mujeres migrantes están secuestradas, muchas de ellas, en alguna vivienda haciendo trabajo de internas sin salir más que una vez al mes y con salarios muy bajos de hasta 600 euros, que ni siquiera da para soñar en que en esa salida que tengas al mes te vas a ir a tu piso a descansar porque no alcanza para alquilar un piso. Pero no solo porque no alcanza para alquilar un piso, sino porque también este país no te alquila cuando te escucha, cuando llamás por teléfono a una oferta de alquiler y te escuchan que tu voz no suena como la de un español autóctono. También apoyamos a sus hijas y sus hijos porque las infancias también están enfrentando mucha, muchísima violencia por razones de racismo y xenofobia, bullying en las escuelas, ataque directo, burlas en los salones en los que muchos maestros se coluden. También no solo les hacen burlas, porque a veces uno espera que solo se rían de vos, también les aíslan. Hay salones donde a los niños migrantes no les hablan, les retiran la palabra completamente, nadie quiere ser amigo de ellos, les tratan como si fueran una plaga», cuenta Maryorit.

Pero el trabajo de Maryorit no termina en su activismo: «Me puse a crear un medio de comunicación: La Lupa Feminista, medio especializado que informa sobre la situación de los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales en Nicaragua. Desde España, La Lupa documenta de manera sistemática la situación en el país, desde un trabajo que se realiza en condiciones de precariedad y riesgo», relata. Y continúa: «Vamos a seguir haciéndolo, vamos a luchar contra la censura que impone la dictadura de Daniel Ortega y de Rosario Murillo; vamos a seguir haciendo eco de las voces de las mujeres y de la disidencia sexual y de los grupos que han sido marginados históricamente en Nicaragua, aunque estamos conscientes de que hacer periodismo desde el exilio es muy difícil, es muy agotador, es muy doloroso, ni siquiera firmamos cada quien sus reportes para no poner en riesgo a las familias que están en el país. Lo hacemos porque es importante ya que es el único medio con perspectiva feminista que hace investigaciones y fact-checking para revelar la verdad que la dictadura intenta ocultar», concluye.

La experiencia del exilio atraviesa tanto lo político como lo íntimo, y también redefine el sentido de pertenencia; aun así, en un contexto donde la persecución puede extenderse más allá de las fronteras, la conexión con Nicaragua se mantiene:

«Para mí, uno de los mayores desafíos de seguir con mi vida acá es la soledad, la falta de redes para la crianza de mi hijo. He perdido todas mis redes y mi sentido de pertenencia porque yo no siento que pertenezco a este territorio. La comida, uh, vieras cómo extraño las comidas, la fruta. Ay, a veces en Facebook solo me pongo a ver videos de frutas y digo: “Ay, ¿cuándo volverá a ser el día que vaya a un arbolito y me corte un mango?”, y entonces me duele tanto haber perdido la casa que yo tenía, pues mi casa era bastante grande y tenía un gran patio, y en ese patio yo tenía sembrada papaya, mango, limones, naranjas dulces, naranjas agrias. Recuerdo en este momento que cuando recién vine y tenía esa nostalgia y ese dolor en el corazón, que por lo visto no se me ha ido… Solía cerrar los ojos y me ponía a pensar en mi casa y la recorría en mi cabeza. Salía al patio, en los cuartos, en la sala, pasaba por detrás, me iba por donde tenía todas mis plantas. Yo era muy jardinera y eso, eso lo extraño también», recuerda.

Migrar en el exilio es dejar atrás una vida, y aunque una pueda asumir la vida con entusiasmo, levantarse desde el activismo conlleva sus retos:

«Como organización para inmigrantes es un reto porque la queja no se nos permite, la crítica no se nos permite, no son bienvenidas. Interpelar el sistema aquí no es bienvenido desde nuestros cuerpos. Entonces, eso también es súper difícil de poder crear colectivos, de hacer organizaciones y de sostenerlas porque no tenemos la legitimidad. Y eso sumado al racismo que hay en este país hacen todo más difícil», afirma.

«Otros de los grandes retos que tenemos es obtener este espacio para las mujeres. Nosotras siempre decimos, haya o no haya fondos, nosotras tenemos que tener plata para pagar aunque sea el alquiler de este local. Porque hasta eso es un costo, a nosotras el Ayuntamiento no nos da un espacio para tener la asociación como a la gran mayoría de organizaciones que hay en este territorio. Y en cuanto a La Lupa, ese es el otro reto. Las que trabajamos en La Lupa somos periodistas con mucha experiencia en el país y que ahora estamos exiliadas entre España, Costa Rica y Estados Unidos. Durante algunos años conseguimos fondos de cooperación para sostener la planilla. Este año va a ser clave para nosotras en La Lupa, porque hasta ahora no tenemos fondos; entonces, como no tenemos fondos; en este momento significa para nosotras una gran dificultad pensar cómo vamos a llegar al año próximo», señala Maryorit.

«Sin embargo, nosotros seguimos en pie, seguimos denunciando a la dictadura de Daniel Ortega y de Rosario Murillo, que han cometido crímenes de lesa humanidad contra la población, contra las mujeres, contra toda la sociedad civil, contra las infancias que les han limitado a no poder crecer en su territorio, que los han expuesto a otras situaciones de dolor de alguna forma. Entonces, yo creo que ha sido importante no perder la conexión con Nicaragua, no perder la relación con el periodismo», agrega.

La historia de Maryorit no es una migración cualquiera. Es el retrato de un exilio construido sobre amenazas de muerte, vigilancia transnacional y pérdida de territorio, cultura y redes de crianza. Y también sobre lo que se levanta después: un medio, una organización, una voz que el régimen de Ortega no logró silenciar.




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Equipo periodístico |  + notas

Periodista, escritora e investigadora boliviana especializada en cuerpo, poder y memoria en América Latina. Con más de 15 años de experiencia en derechos humanos y diálogo cívico, ha trabajado en políticas de drogas, género y justicia penal. Es autora de "Historias de amor y hambre", un proyecto narrativo y político sobre trauma y poder en la región.


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