“Los lingüistas tienen razón al decir que todas las lenguas son lingüísticamente iguales; se equivocan al creer que son socialmente iguales”
(Pierre Bourdieu)
El 20 de marzo se celebró, como cada año, el Día Internacional de la Francofonía, una fecha que reúne a los 88 países miembros de la Organización Internacional de la Francofonía (OIF) y a comunidades francoparlantes de todo el mundo. Esta jornada tiene como objetivo destacar la riqueza cultural del idioma francés, hablado por más de 320 millones de personas en los cinco continentes.
Ciertamente, la OIF reconoce que el pasado colonial y las diferentes olas de migraciones son los responsables de la extensión del francés en el mundo. Por esta razón, la organización tiene por misión unir a estos pueblos mediante la promoción del multilingüismo, el desarrollo cultural, la democracia, los derechos humanos, la educación y el desarrollo sostenible. En realidad, lo que busca la OIF es construir una nueva globalización, más inclusiva, más humana.
Si bien existe un sentido de francofonía universal, es importante reconocer que la relación de Suiza con el francés no es la misma que en Quebec, Senegal o la Guayana Francesa. La literatura francófona del Caribe y el Sur Global ha sido menos explorada que la del Norte, en gran parte porque estas regiones aún enfrentan una de las secuelas más profundas del colonialismo: el dilema de la identidad lingüística. En esta ocasión, nos detenemos en Haití para analizar el créole como una lengua de resistencia frente a la imposición del francés.
¿Haití es verdaderamente francófono?
Desde su nacimiento, el 1 de enero de 1804, Haití es reconocido oficialmente como país francófono, pero apenas existen registros sobre el uso del francés en el país, ni en términos cualitativos ni cuantitativos. En definitiva, nadie sabe con certeza cuántos haitianos de los 12 millones de habitantes hablan este idioma y con qué grado de dominio. A falta de estadísticas oficiales, podemos decir que el francés es comprendido por el 25% de la población, pero solamente el 5% lo domina. Sin embargo, el total de los haitianos habla, piensa y sueña en créole.
Tuvieron que pasar 183 años para que la Constitución reconozca el créole como uno de los idiomas oficiales. La premisa fue clara: el Estado ahora es bilingüe pero sólo el créole es el idioma nacional, y el único que une a todos los haitianos. A pesar de esta obvia designación, en la cotidianidad el créole aún continúa luchando por ocupar el status que se merece.
En el lienzo lingüístico del país predomina un solo color, y es inevitable. Las señales de tránsito, la portada de los periódicos, los nombres de las calles, iglesias y escuelas están en francés. A pesar de ello, en los últimos años, modestamente, el créole comienza a marcar su presencia a través de grafitis, carteles políticos y educativos, con la finalidad de reivindicar la identidad haitiana. Además, un matiz de inglés y español se percibe en el ámbito universitario y comercial.
La dominación del francés sobre el créole
El créole (kreyòl) nació entre los siglos XVII y XIX como resultado de un indomable espíritu de resistencia. Hoy es reconocido como un idioma, pero en sus inicios funcionó como un medio de comunicación entre los esclavizados de distintas procedencias y, más tarde, como una herramienta clave en la planificación de la rebelión contra el dominio francés. Sin embargo, tras la independencia, el créole fue marginado y considerado una lengua inferior en comparación con el idioma del país galo. La preeminencia de este último como lengua “prestigiosa” reflejó la presión sociopolítica que Francia siguió ejerciendo en la isla y se convirtió en un símbolo de estatus para la burguesía haitiana.
Durante los siglos XIX y XX los intelectuales de la literatura haitiana hicieron del francés una herramienta para defender la independencia de Haití y la igualdad racial. Joseph Anténor Firmin sigue siendo uno de los más grandes eruditos haitianos de todos los tiempos. En 1885 publicó Sobre la igualdad de las razas humanas, título que marcó un hito en la lucha contra el racismo de la época. Esta obra fue una refutación científica al Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas del escritor francés Arthur de Gobineau. En definitiva, Firmin, Jean Price Mars y Louis Joseph Janvier, entre otros autores haitianos, utilizaron su fuerza intelectual y escribieron en el lenguaje de la diplomacia para oponerse con vehemencia a las ideas negativas sobre su país y reivindicar la humanidad y aptitud de los afrodescendientes en todo el mundo. La ocupación estadunidense de 1915 obligó a los haitianos a utilizar el créole como arma de resistencia geopolítica, ahora contra la política de la Doctrina Monroe (“América para los americanos”).
Hacia una ilustración del créole
A finales del siglo XX, la creolefonía cobró impulso como un movimiento cultural y lingüístico. Este término designa a la comunidad de hablantes de lenguas criollas surgidas de la colonización europea. En Haití, Guadalupe, Dominica, Martinica, Santa Lucía, Guyana, Reunión, Mauricio y Seychelles, más de diez millones de personas se comunican en criollo. Sus valores no solo han unido a los pueblos caribeños, sino también a todos aquellos que han luchado contra un sistema que estigmatiza las lenguas de resistencia, relegándolas a la categoría de simples dialectos.

Hoy, la necesidad de resistencia resurge con un nuevo propósito: afirmar la identidad. La cooperación internacional de intelectuales ha contribuido a la consolidación del créole, dotándolo de gramática, diccionarios y academias. Aunque el monopolio de la comunicación y la difusión sigue en manos de las lenguas dominantes, la literatura caribeña se escribe ahora con plena conciencia y autonomía. El créole, testigo silencioso de la resiliencia de los pueblos oprimidos, finalmente puede contar su propia historia al mundo en primera persona.
“El francés nunca fue el problema…”
En Haití, el 95% de la población es monolingüe en créole, lo que otorga al francés un estatus ambivalente: por un lado, representa una apertura al mundo; por otro, es un factor de exclusión cuando su limitado dominio restringe el acceso al desarrollo social y profesional.
Según el lingüista Renauld Govain (miembro del Comité International de Estudios sobre el créole),“la francofonía se mide por el porcentaje de haitianos que han alcanzado un nivel elevado de escolarización”. Desde la reforma Bernard de 1982, tanto el francés como el créole son idiomas de enseñanza, y la difusión del francés depende en gran medida del sistema educativo. Sin embargo, la brecha socioeconómica del país se refleja en su acceso desigual a la educación: según Human Rights Watch, casi la mitad de las personas haitianas de 15 años de edad o mayores son analfabetas. Debe considerarse que aproximadamente la mitad de los niños haitianos no asiste a la escuela, y del 50% que sí lo hace, el 80% estudia en instituciones privadas (el 85% de las instituciones educativas en Haití pertenecen a ese sector). Solo el 20% logra llegar a la educación secundaria. Por ello, la escolarización constituye un aspecto clave para acceder al aprendizaje del francés. Por ello, Govain sostiene que “la mejor manera de promover el francés en Haití es garantizar que la población lo domine. Solo así dejará de ser un instrumento de exclusión y de reproducción de las mismas élites”.
Estas perspectivas, sin embargo, deben contrastarse. En una entrevista con Refugio Latinoamericano, el periodista y activista haitiano Jackson Jean coincide con Govain y enfatiza que “un idioma no puede ser un medio de reproducción de la élite, y menos cuando esa élite es un fracaso”. Como ejemplo, menciona a una exministra de Seguridad, reconocida escritora galardonada por la Asociación de Escritores de la Lengua Francesa, cuya brillante trayectoria literaria contrastó con su gestión gubernamental: “Escribió una novela increíble, pero mientras estuvo en el cargo, el 90% del país terminó bajo el control de bandas armadas. Esta élite ‘pro francofonía’ fracasa. Entonces, el problema nunca fue el francés ni el bilingüismo, sino la perspectiva neocolonial que sigue perpetuando relaciones elitistas”.
Por otra parte, Valérie, migrante haitiana en Argentina y profesora de francés, plantea una alternativa: “La educación en Haití debería ser monolingüe en créole, mientras que el francés debería enseñarse como una asignatura más”. Considera que la imposición del bilingüismo institucional no solo ha profundizado la desigualdad socioeconómica, sino que durante mucho tiempo ha obstaculizado el desarrollo autónomo de la identidad haitiana, especialmente en el ámbito escolar. “El francés es parte de nuestro patrimonio, pero el créole es nuestra identidad”, concluye Valérie en diálogo con Refugio Latinoamericano.
El problema es la diglosia
El francés es un patrimonio universal y, en el marco auténtico de la francofonía, la universalidad se construye a través del diálogo entre culturas y la síntesis de sus diferencias. Las comunidades francófonas han enriquecido y democratizado el léxico del idioma, incorporando términos que reflejan su historia y cosmovisión. Jackson Jean destaca cómo el francés ha sido influenciado por el haitianismo, señalando que “el francés ha sido mejorado por el haitiano. La Academia Francesa incluyó la palabra Vertières —en referencia a la batalla clave en la independencia de Haití— como un reconocimiento a la historia haitiana y su papel en la lucha descolonial del mundo”.
“El francés es tanto un patrimonio universal como nacional”, continúa Jean. “Gran parte de nuestra literatura del siglo XIX y XX está en francés. Por eso, es fundamental no caer en lo que se conoce como diglossie (diglosia)”. En un contexto multilingüe, la diglosia otorga mayor prestigio a un idioma sobre otro, ya sea por su institucionalización o por su uso en espacios públicos. “Esto crea desigualdad social y a menudo conduce al racismo lingüístico, dado que el idioma privilegiado suele ser el del blanco”, advierte Jean.
En Haití, la diglosia es la que confiere prestigio al francés, mientras que el créole queda relegado al ámbito familiar e informal. El idioma de Molière es sinónimo de “civilización”, lo que lleva a que muchos haitianos celebren su presencia en carteles, discursos y ceremonias, incluso si no lo dominan. La autopercibida francofonía se convierte así en una aspiración de estatus, más que en una realidad lingüística.
“La diglosia es un hecho. En Haití, el francés se reserva para una élite que perpetúa la injusticia lingüística”, enfatiza Jean. Esta desigualdad no solo afecta la vida dentro del país, sino que también se traslada a la experiencia migratoria. En América Latina, los haitianos suelen ser asistidos por traductores de francés cuando enfrentan procesos judiciales o reciben atención médica, pese a que la mayoría no domina el idioma y tampoco comprende el idioma local. Esta barrera lingüística agrava su vulnerabilidad e impide su plena integración cultural y social.

¿Unidad o uniformidad?
La estigmatización del créole en favor del francés en Haití refleja un fenómeno más amplio que también se manifiesta en Martinica, Dominica y Guayana Francesa. No es solo una cuestión de elitismo local, sino también de una presión externa ejercida por potencias que buscan imponer la uniformidad lingüística en un contexto donde la francofonía enfrenta el avance del inglés y el español.
Cada vez más estudiantes francófonos optan por continuar su formación en universidades de habla inglesa en Estados Unidos o China. En Haití, el español se ha consolidado como la lengua de los comerciantes fronterizos y de quienes emigran a América del Sur. En este contexto, cualquier intento de reforzar el monolingüismo en créole es visto como una amenaza para la francofonía.
En octubre de 2023, el embajador de Francia en Haití envió una carta al Ministro de Educación haitiano, instándolo a desistir de su propuesta de fortalecer el créole en los primeros años de enseñanza. En un tono claramente coercitivo, advirtió que, de no retractarse, se suspendería la cooperación bilateral en materia educativa. “Algunos funcionarios franceses en Haití están en el siglo y en el país equivocado”, comentó una fuente cercana al ministerio.
Lejos de ser un ataque contra la francofonía, esta iniciativa responde a recomendaciones de la UNESCO, que promueve la enseñanza en la lengua materna, especialmente en la educación primaria, para reducir la brecha de conocimiento y mejorar la comprensión. Además, este enfoque permite preservar la diversidad cultural y lingüística de los pueblos.
El intento de preservar el dominio del francés en Haití no es un caso aislado. Durante la cumbre de la Francofonía de 2022, Emmanuel Macron expresó su preocupación por el declive del francés en África y abogó por un “proyecto de reconquista” para recuperar su influencia en la región. “El francés es la verdadera lengua universal de África”, afirmó. Sin embargo, el medio The African Exponent refutó su discurso con una frase contundente: “No, el francés no es la lengua universal de África. El kiswahili sigue siendo el idioma más hablado del continente, con unos 150 millones de hablantes”.
Estos esfuerzos por preservar el statu quo lingüístico no son exclusivos de la francofonía; responden a una lógica imperialista más amplia, que disfraza la uniformidad de unidad. En marzo de 2025, Donald Trump firmó una orden ejecutiva declarando el inglés como único idioma oficial de Estados Unidos, un país donde coexisten más de 350 lenguas. Ahora, ninguna institución estatal está obligada a ofrecer información en otro idioma. Más allá de su impacto práctico, esta medida es un gesto simbólico dentro de la política America First, que refuerza la hegemonía del inglés en detrimento de la diversidad lingüística.
Un espacio para una francofonía integral
Haití ha sido históricamente un actor clave en la francofonía a nivel internacional. Durante el periodo de entreguerras y en la década de 1950, sus autoridades abogaron por el reconocimiento del francés como lengua oficial dentro de organismos multilaterales, promoviendo su carácter internacional.
Hoy, Haití y otros países francófonos transcontinentales siguen participando en la promoción del idioma y de los valores que los unen. Sin embargo, Jackson Jean ofrece una visión crítica de esta relación: “La francofonía sigue estando al servicio de los intereses de los países occidentales. Para que exista una francofonía verdaderamente descolonizada, es necesario que los países africanos y caribeños, como Haití, tengan voz en la redacción de las directrices de la OIF. Mientras sigamos siendo vistos solo como sujetos folclóricos, artísticos o intelectuales, nunca podremos afirmar que la francofonía beneficia a los países con un pasado colonial”.
La ONU ha designado seis días al año para celebrar sus idiomas oficiales: árabe, chino, inglés, francés, español y ruso. Estas fechas no solo buscan reconocer la unidad que pueden generar las lenguas dominantes, sino también invitan a reflexionar sobre fenómenos como la diglosia y la exclusión lingüística.
En última instancia, la lengua tiene un propósito fundamental: comunicar. Ningún idioma debería ser un instrumento de dominación social o geopolítica. Para que la francofonía sea un espacio verdaderamente inclusivo, debe abrirse a la diversidad de sus hablantes y reconocer su papel en la construcción de un futuro más equitativo.
Imagen de portada: “Niño y perro en una bomba de agua” (1982), pintura de Jean-Michel Basquiat. Foto de Ryan Dickey (CC BY 2.0, sin cambios).
Estudiante avanzada de Relaciones Internacionales, especializada en Asuntos Latinoamericanos, con enfoque en desplazamiento forzado e integración migrante. Criada en Berisso, en un entorno cosmopolita, y de ascendencia española, italiana, francesa y mapuche, dedica parte de su tiempo al estudio de los idiomas de sus raíces.