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El investigador Eduardo Ferrer recorrió la provincia de Buenos Aires para rescatar las memorias de las instituciones que nacieron del esfuerzo de las colectividades. En esta entrevista, analiza el pasado inmigrante de los clubes y su rol fundamental como sostén social frente a las crisis actuales.

En la provincia de Buenos Aires, la historia no siempre está escrita en los monumentos ni en los archivos. A veces respira en los tablones de una tribuna, en una cantina iluminada por un tubo de neón, en el eco de una pelota que rebota contra una pared gastada. Allí, donde los clubes de barrio se levantan como templos laicos de la vida popular, Eduardo Ferrer encontró el pulso de una identidad que no figura en los manuales, pero que sigue marcando el ritmo de las comunidades bonaerenses.

«Estos libros no son la historia de los clubes, sino historias en los clubes», dice Ferrer, y en esa distinción mínima se esconde toda su propuesta narrativa. Lo que le interesa no es el acta fundacional ni la crónica oficial, sino las voces, los relatos mínimos, las proezas olvidadas, los personajes anónimos que tejieron con esfuerzo y ternura una forma de pertenecer.

El punto de partida fue su obra anterior, 100 Historias en Clubes de Barrio, un libro publicado y presentado en 2025, escrito junto a Ariel Borrelli y Sebastián Ramirez, que fue una investigación dedicada a rescatar el pasado institucional de entidades desaparecidas. Pero en el nuevo trabajo, 100 Historias en Clubes Bonaerenses, el foco se desplazó: ya no se trataba de reconstruir documentos, sino de escuchar memorias.

El libro (de cuya autoría participan, además del entrevistado, Tony Ferrer, Gustavo Vicini, Sebastián Ramírez, Máximo Falaschini y Marcelo Oliver), realiza un recorrido por anécdotas y relatos en instituciones sociodeportivas.«Nos propusimos rescatar los acontecimientos que las y los protagonistas quisieran contarnos —explica—. Historias que habían quedado invisibilizadas porque sus protagonistas no eran los actores principales. Relatos que se contaron una y mil veces en el bar del club, pero que nunca formaron parte del registro escrito».

Portada del libro “100 Historias en Clubes Bonaerenses” (Ed. Entretiempos, 2026) | Foto: gentileza

El trabajo de campo: caminar para conocer

Ferrer y su equipo recorrieron treinta y cinco localidades, entrevistaron a más de ciento veinte personas y recogieron más de ciento cincuenta testimonios. Fue un viaje de más de dos años por caminos secundarios, pueblos pequeños y barrios donde los clubes siguen siendo, como dice él, «la patria más cercana». El desafío no fue solo reunir material, sino decidir qué historia incluir, a quién darle voz, cómo entretejer recuerdos dispersos en un volumen que debía caber en seiscientas páginas. «Lo más complejo fue elegir —cuenta—. ¿Desde qué lugar, nosotros ajenos, podíamos decir este sí, este no?».

Detrás de cada relato emergía una huella compartida: la de la comunidad inmigrante. Los clubes, nacidos de la voluntad colectiva de quienes llegaron a la Argentina a comienzos del siglo pasado, huyendo muchos de ellos de conflictos armados, llevan en su ADN las lenguas, los colores y las nostalgias de sus fundadores. «Barcelona Fútbol Club fue creado por españoles; Aldosivi combina su origen francés con la pasión italiana; el Deportivo Español, el Sirio Libanés o el Yugoslavos Unidos nacieron directamente de las colectividades. Incluso hay clubes con nombres de provincias argentinas, fruto de las migraciones internas», explica Ferrer. En ese mosaico cultural se dibuja una genealogía del país: cada camiseta, cada bandera, cada himno improvisado es un fragmento de la historia de la inmigración.

En la conversación, Ferrer suele detenerse para saborear los detalles. Habla con tono pausado, de quien sabe que la historia no está solo en los datos sino en las emociones que los sostienen. «La institución como refugio, como espacio de sueños y esfuerzos colectivos», define. Y enseguida añade una imagen: la procesión de los vecinos que cada tarde se acercan al club para el vermú y la partida de cartas; las abuelas que van a buscar a los nietos después del entrenamiento; la marcha conjunta hacia la cancha los domingos. «Son el corazón del barrio —dice—, y uno que late de manera permanente».

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Adaptarse a los cambios para sobrevivir

Ese corazón, sin embargo, también conoce la intemperie. Algunos clubes resistieron el paso del tiempo; otros se apagaron lentamente, consumidos por la falta de recursos o por el olvido. Ferrer extrae de esas experiencias una lección de futuro: «La relevancia del resguardo de las memorias institucionales, la formación de dirigentes jóvenes, la necesidad de no perpetuarse en los cargos, la transparencia económica: todo eso es fundamental para que una institución viva más allá de las generaciones».

En el archivo de su memoria, Ferrer guarda historias que todavía lo emocionan. Una es la del «Nene» Castiglione, presidente del Club Talleres de Tandil, que escribió de puño y letra las actas de once mil reuniones y punteó solo, durante tres días, el campo de juego. Otra, la de Carlos Ibargüengoitía, el patinador que batió el récord mundial de permanencia sobre ruedas, rodando sin descanso durante 100 horas y 36 minutos para un recorrido de 427,912 km. «Su compañera nos contó que llegó a desvanecerse por falta de oxígeno —recuerda Ferrer—. Esas historias de esfuerzo son infinitas. Cada una tiene un valor humano irrepetible».

El libro está prologado por Pedro Saborido, quien según Ferrer logró condensar el espíritu de toda la obra: «Saborido escribió en dos páginas lo que a nosotros nos costó centenares. Logró explicar lo que significa un club para la vida de una persona, incluso para aquel que siempre navega en la derrota deportiva». Ferrer recita de memoria una parte del texto: «Un club puede salir campeón de vez en cuando, o nunca. Pero siempre va a ser un montón de gente que se junta». Y sonríe.

Los autores, durante la presentación de “100 Historias en Clubes Bonaerenses” en la Feria Internacional del Libro 2025 | Foto: gentileza

La charla avanza hacia el presente y el tono se vuelve más urgente. Muchos clubes atraviesan crisis económicas, problemas de infraestructura, riesgos de cierre. Ferrer no esquiva el diagnóstico: «Si el Estado quiere invertir en desarrollo humano, en contención social o en salud, debe hacerlo también en los clubes. Son espacios donde la convocatoria, sobre todo entre niños y adolescentes, supera cualquier otro ámbito». Denuncia además una tendencia preocupante: «Cuando los municipios crean centros paralelos en lugar de apoyar a las instituciones barriales, terminan compitiendo con ellas. Y eso es perjudicial para los clubes que más lo necesitan, los que trabajan con los sectores populares y no cobran cuotas altas». Esos centros paralelos son, en muchos casos, los polideportivos municipales del interior bonaerense. La propuesta que surge desde los clubes es simple: que ese mismo dinero se destine a financiar los módulos deportivos en instituciones que ya tienen estructura y que, de hecho, ya convocan. Un respaldo municipal, en lugar de una competencia.

Le pregunto si el presente puede compararse con los primeros tiempos, cuando todo estaba por hacerse. Ferrer duda un instante, como quien revisa décadas de historia condensadas en una sola respuesta. «En los comienzos, había sueños y construcción; hoy, a veces, hay desgaste y soledad. Quizás las semejanzas estén más cerca de otros momentos difíciles: la dictadura o los años noventa. En ambas etapas, los clubes sufrieron mucho, pero también resistieron. Son espacios de resiliencia».

Epílogo: la comunidad frente a los tiempos de crisis

Cuando la conversación se detiene en la pandemia, su voz adquiere otro matiz. «Fue un fenómeno trascendental. Después de los primeros meses de encierro, los clubes se transformaron en centros de ayuda comunitaria. Y no solo eso: surgieron nuevas instituciones, más de las que uno imagina. La gente necesitaba volver a encontrarse. En medio del aislamiento y la crisis alimentaria, los clubes volvieron a ser lo que siempre fueron: comunidad organizada».

En la mirada de Ferrer, la pandemia no fue un paréntesis sino una confirmación: cuando todo se detiene, lo que persiste es el vínculo. «Los clubes demostraron que su verdadera fortaleza no está en los trofeos ni en las canchas, sino en su capacidad de abrazar al otro», reflexiona.

Eduardo Ferrer junto a Tony Ferrer, Gustavo Vicini, Sebastián Ramírez, Máximo Falaschini y Marcelo Oliver, autores del libro | Foto: gentileza

El final de la charla encuentra a Ferrer mirando hacia el futuro con una serenidad esperanzada. Afirma que aún queda mucho por investigar, pero, sobre todo, mucho por cuidar. Porque detrás de cada club —ese pequeño cosmos donde se mezclan el inmigrante y el criollo, la infancia y la adultez, la derrota y la fiesta— hay un modo de entender el país.

«Los clubes bonaerenses —dice— son la síntesis más clara de nuestra identidad colectiva. Son la memoria viva de un país que nació de la inmigración y se sostuvo en la comunidad. Son la patria chica donde aprendimos a ser juntos».

En su voz, esa definición no suena a nostalgia, sino a compromiso. Quizás por eso, cuando cierra la entrevista, Ferrer repite, casi como un mantra, las palabras del prólogo que lo acompañan desde el inicio:

«Un club sale campeón de vez en cuando, o nunca. Pero siempre va a ser un montón de gente que se junta».

Y en ese gesto —la idea de juntarse, de compartir, de seguir creyendo en lo común— se adivina también la razón más profunda de su obra: contar esas historias que nos recuerdan que todavía hay lugares donde la esperanza tiene techo, nombre y camiseta.

Imagen de portada: Presentación de 100 Historias en Clubes Bonaerenses en el Teatro Auditorium | Foto: gentileza


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Es periodista, escritor, guionista y ex vicepresidente de la Sociedad Argentina de Escritores. Nació en Rosario y reside en Mar del Plata desde 1984. Actualmente publica artículos de opinión en el diario Nueva Tribuna y en Público, ambos medios gráficos de Madrid, España. Además, colabora con la sección Cultura del diario La Capital de Mar del Plata.


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