Compartir:

La historia de Fernanda Guevara, artista venezolana radicada en Río Cuarto, propone una mirada íntima sobre la migración como errancia y arraigo a la vez. A través de la cerámica, el trabajo cotidiano y la maternidad, construye una identidad enraizada entre dos tierras y transforma el exilio en creación.

Para Fernanda Guevara, la palabra “enraizar” tiene una connotación especial, que incluso la acompañó en los primeros años en Argentina. Artista plástica, hija de familias migrantes, ha hecho del exilio un refugio donde el arte le ha permitido ahondar en su experiencia como migrante y como parte de un éxodo de más de ocho millones de venezolanos.

Nacida en Caracas, Venezuela, desde los 16 años de edad Fernanda ya empezaba a recorrer distintas tierras. Su primera parada fue Maracaibo, estado Zulia. La “Tierra del Sol Amado” sería también el alma mater de Fernanda.

Obtuvo su licenciatura en Artes Plásticas en la Universidad del Zulia. Hoy, incluso su tonada recorre todas esas tierras que fueron y son hogar, con palabras maracuchas ideales para expresar enojo; un acento caraqueño que es carta de presentación donde vaya, y un cántico riocuartense que denota su arraigo por Río Cuarto.

Fernanda también es parte de esos ocho millones de venezolanos y venezolanas que hoy están dispersos por todo el mundo. ¿El motivo? “Desabastecimiento, inflación, inestabilidad política e inseguridad”, confiesa. El año en que partió de Venezuela fue 2014: “Decidí migrar después de las ‘guarimbas’, cuando no se pudo hacer mucho más”, cuenta respecto de cuándo tomó tal decisión de vida.

En referencia a las guarimbas (protestas que implicaban el bloqueo de calles, a menudo mediante la quema de neumáticos), estas se enmarcaron en movilizaciones masivas contra el primer gobierno de Nicolás Maduro, motivadas por la hiperinflación, la escasez de alimentos y medicinas, entre otras causas. Incluso, el resultado —que marcó el pico inicial del éxodo venezolano— fue de 41 muertos, según datos de Human Rights Watch.

Pero Fernanda ya tenía a Argentina en su camino para continuar sus estudios, concretamente en cerámica: “Yo sabía que acá había una gran movida de cerámica y quería venir a investigarla. No sabía que era tan grande antes de venir como lo que me encontré después. Yo conocí a una persona argentina ya en ese momento, y en esos meses, hasta que las cosas empezaron a estabilizarse un poco, tomé la decisión de emigrar”, cuenta sobre aquella determinación que tuvo a sus 26 años de edad.

Enraizar en tierras cordobesas

Para aquel momento, Fernanda viajó acompañada de Nicolás (su excompañero y padre de su hija), la persona argentina en cuestión y con quien decidió emprender su viaje a Argentina: “Él viajó antes. Me estaba esperando acá. El plan era usar ese par de meses para organizar mis cosas en Venezuela y que él me recibiera aquí”, revela.

El viaje lo realizó en avión, aprovechando que para ese momento llevaba una vida próspera con el arte, lo que le permitió ahorrar. Al respecto, cuenta que no fue forzado y que “no pensó mucho” ni tampoco se dio cuenta de “lo que estaba haciendo”.

A su vez, es sincera y señala que “tal vez” fue una decisión “tomada a la ligera, sin conocer lo suficiente a la persona” con la que se estaba involucrando sentimentalmente: “Estaba muy influenciada por ese combo de emociones y, obviamente, por la nostalgia y la tristeza. Pero nunca me imaginé que la vida iba a girar tanto”, agrega.

En este recorrido narrativo, Fernanda revela que aquella determinación, tomada por la necesidad de emigrar por cuestiones políticas, sociales y económicas de una Venezuela que colapsaba, sumada a quien la acompañaba en aquel entonces, terminaría convirtiéndose en un cambio “drástico” en su vida: “Nunca me imaginé que no iba a poder regresar, que no iba a volver; que todo iba a ser tan fuerte; que mi vida iba a cambiar tan drásticamente”, confiesa.

Su primera escala fue Buenos Aires. No obstante, ya desde un principio sabía que su destino estaba en Río Cuarto, Córdoba. Una de sus primeras impresiones de la ciudad cordobesa tuvo que ver con que le daba la sensación de que era un “pueblo”.

Pasó un tiempo para “entender la ciudad”, además de aceptar que, con el paso de los años, “ha ido cambiando”, del mismo modo que ella lo ha hecho: “Argentina es un país mucho más de campo de lo que se muestra al mundo”, señala.

Durante su adaptación, recuerda que en un momento su rodilla se trabó, generándole serios problemas para caminar, pero lo analizó desde otro lugar: “lo tomé como algo emocional de lo que me estaba sucediendo por el viaje”. En relación con esos primeros desafíos que recuerda, comenta que se fueron suscitando “con los meses y años”.

Fernanda Guevara en el taller de su Maestro Lalo Ovando, en San Carlos, Mendoza. | Foto: cortesía de Carlos Ovando

“Una parte de mí será venezolana siempre”

Extrañar, si bien no se presenta como un desafío en el relato de vida de Fernanda, encaja desde una lectura de su persona. Fernanda es madre, artista plástica, ceramista; hoy en día lleva un taller de cerámica en su hogar de Río Cuarto y ha logrado afianzarse como una voz activa en la ciudad y dentro del país en el marco de las artes plásticas. Sin embargo, cuando se le pregunta qué cosas extraña de su país, su respuesta da cuenta de vivencias que pueden ser narradas como hilo conductor del éxodo.

“Primero, mi familia; comer en familia. Cosas así que me tiran mucho, que tienen que ver con la familia. Que mi hija tenga abuelos, abuelas, primos, tías. Las navidades. Las frutas, los ríos, la naturaleza, algunos olores. La comida, la risa, el humor… por ahí va la cosa”, revela con ese acento caraqueño que parece manifestarse en recuerdos concretos y conectados con sus raíces.

Tras 11 años viviendo en Argentina, además de que su hija nació en lo que hoy es su “segundo país”, su identidad es un habitar de esas dos tierras, una especie de mestizaje que se transforma como cerámica en el horno, uno que para este 2026 logró construir en su casa en Río Cuarto y que, además de llenarla de alegría y orgullo, también le permite seguir construyendo su legado como ceramista en la ciudad.

“Yo siento que una parte de mí ya se volvió argentina, otra parte de mí será venezolana para siempre y un poquito como que cada vez más”, cuenta y agrega que siente que “es un momento también de poner en valor y de reforzar ciertos rasgos de nuestra identidad (venezolana) que yo considero que son valiosos; somos como una especie de nuevo mestizaje cultural”.

La cerámica como conector con el hogar

Respecto de cómo ve su vida en términos de trabajo, Fernanda se muestra siempre agradecida, valorando en particular lo mucho que su vida “se ha enriquecido a nivel técnico y a nivel de proyección”. Argentina le ha permitido desarrollarse profesionalmente “en el ámbito de la cerámica” de una forma que cree que nunca habría alcanzado en Venezuela.

“Soy la única persona venezolana que se dedica a esto acá [Río Cuarto] y soy la única, probablemente, licenciada en Artes Plásticas que tiene una trayectoria artística y que, además, se ha dedicado a la cerámica, por lo menos en esta ciudad. Me distingo bastante por mi forma de trabajar, por los recursos y elementos de los cuales dispongo”, comenta.

En relación con un aprendizaje personal y de vínculos, Fernanda cuenta con una “red de afectos bastante amplia”. Al no tener una familia en Argentina, son las amistades quienes le han dado ese lugar de contención, pero también desde un lugar simbiótico: “La verdad es que puedo decir que todo ha sido para bien y que estoy muy agradecida, y ahí sigo con otra audiencia”, agrega.

Asimismo, esa red a la que hace referencia Fernanda está compuesta principalmente por personas argentinas o de otros lugares del mundo, puesto que “es muy poca” la relación que tiene con coterráneos. Esto también se debe, según ella misma cuenta, a que la población venezolana de Río Cuarto “es bastante chiquita”. Además, señala que “no son personas afines” a sus posturas y creencias.

“Conozco algunos venezolanos y nos tratamos con cariño, cordialmente, pero no tengo amigos en la ciudad en la que vivo. Los amigos que tenía están en Buenos Aires y a veces cuesta un poco sostener ese vínculo”, explica, esto por cuestiones de distancia y por otras de la vida misma.

Reconectar con la Matria

Sobre si volvería a su Venezuela, Fernanda confiesa que su proyecto de futuro se encuentra en Argentina debido a lo “establecida” que se encuentra en Río Cuarto. En este sentido, señala que le sería “difícil” iniciar otra nueva migración.

“Esto de ser migrante no se va a curar jamás. Estoy muy establecida con respecto a mi oficio y trabajo”, cuenta, y añade que no se ve en un futuro “desarmando el taller” de cerámica para tomar otro rumbo. Sin embargo, sí espera poder viajar a Venezuela y convivir “más entre los dos lugares”. En estos 11 años, Fernanda aún no ha podido visitar aquella “Tierra del Sol Amado”, por lo que su hija todavía no conoce Venezuela.

“Retomar mi vínculo con las artes visuales en Venezuela, empezar a dar talleres de cerámica, talleres de leña, que sé que es algo que no se conoce mucho, en cuanto se pueda, empezar a construir ese camino de regreso para vivir más entre los dos lugares”, cuenta sobre ese objetivo.

Fernanda Guevara manejando el horno para cerámica. | Foto: cortesia de Carolina Rasino

Raíces torneadas a mano

Mientras se toma otro mate, hace énfasis en esta “cuestión” del ser migrante y con una caracterización del “andar errante”. Fernanda explica que para ella esto de que “ser migrante no se va a curar jamás” tiene que ver con una “errancia”.

“Ya he sido despojada de mis raíces originales maternales por la tierra, no por mi madre, que eso ya no hay forma de curarlo, porque ahora mi nueva tierra también es Argentina. No importa adónde vaya, yo siempre voy a cargar en mi espalda con el peso de ser una persona migrante. Porque si yo me voy de acá sería como una nueva migración adonde sea que vaya. Entonces siempre voy a estar extrañando alguna tierra”, explica.

Asimismo, añade a esta interpretación de su recorrido como migrante el concepto de “dolor silencioso”, uno que “carga a espaldas” como mochila “invisible” que no despachó en el avión al embarcar hacia Buenos Aires, sino que llevó consigo misma desde aquel momento que decidió partir de Venezuela.

“Para mí ser migrante tiene que ver con un silencio, con un dolor silencioso que uno carga a espaldas, invisible, que tiene que ver con haberse tenido que ir de la tierra que una sintió como su hogar. Para hacer una nueva tierra tu hogar y para finalmente entender que esa seguridad la llevas dentro de ti”, cuenta.

Esta comprensión también le permite ver el mundo desde otro lugar: “Te sientes como mucho más fuerte que otras personas y te das cuenta de cómo uno es capaz de resolver problemas”, explica, a la vez que destaca que como migrante puede ver “el lado positivo” de las pequeñas cosas como comer en familia o estar en el mismo lugar con su hija, madre y padre.

“Hay cosas que serán posibles, hay cosas que no serán posibles; a nosotras no nos pasa como a los argentinos que se van del país y regresan y ven a sus amigos reunidos, eso es algo que sé que ya no me va a suceder más. Algunas cosas se podrán revivir y algunos reencuentros se podrán dar y otros que no”, expresa.

“Migraciones del ser”

Recientemente, el 19 de diciembre de 2025, Fernanda, junto a Leannza West, presentó la muestra Migraciones del Ser en la Casa de la Cultura de Río Cuarto. Esto le permitió a Fernanda conectar con su ser artístico y, a la vez, con su esencia como migrante.

“Mi abordaje tuvo que ver más con la migración como un cambio de estado más que como un movimiento en el territorio. Tal vez ese dolor no está expresado por las piezas. En sí, hay referencia al migrar del lenguaje plástico, donde voy de una idea a otra a través de la asociación libre de hilos conductores. Hay obras [de la muestra] desde el 2016 que en distintos momentos me ayudaron a atravesar situaciones difíciles y sirvieron para transmutar dolores en esperanza”, comenta.

Hoy, a sus 37 años, Fernanda continúa desarrollando su taller de cerámica en Río Cuarto y se encuentra en un momento de expansión artística que le permite seguir consolidándose como referente de las artes plásticas en la ciudad.

Ser migrante, madre, artista y sentirse enraizada entre dos países le permite habitar una construcción propia que repotencia la idiosincrasia de ambas matrias. Es en ese mestizaje cultural, en esa “errancia” inevitable, donde Fernanda encuentra su fortaleza para seguir desarrollando su taller de cerámica, su red de trabajo y, en el horizonte, proyectos de enseñanza que la conecten con Venezuela.

En ese contexto, para quien toma la decisión de migrar, el hogar deja de ser una coordenada: se transforma en un territorio interno que, en el caso de Fernanda, se reconstruye con cada obra, cada mate y recuerdos que enraízan las vivencias forjadas entre dos tierras.

Imagen de portada: Fernanda Guevara. | Foto: cortesía de Juan Cruz Varela


Contenidos Relacionados

Brune A. Comas: “Migrar me enseñó que el derecho más básico es poder ser en paz”

Entre la cocina, salud y afectos, madre e hija venezolanas reconstruyen su vida en City Bell

Dos valijas y una ciudad: la historia de Ayelén, la migrante que encontró su voz en La Plata

+ notas

Venezolana, licenciada en Comunicación Social, vive en Córdoba (Argentina) desde 2012, donde cursó una maestría en Comunicación y Cultura. Su investigación abordó fútbol y género, estudiando una hinchada feminista de Talleres. Poeta con dos libros publicados (Feliz tristeza; Garabatos del alma, digital). Redactora de contenidos SEO y ex periodista en medios argentinos. Apasionada por deportes (fútbol, tenis, béisbol) y militante de la Asamblea de Disidencias Sexuales de Córdoba.


Compartir:
Mostrar comentariosCerrar comentarios

Deja un comentario