Yembele bembe, yembele bembe
Yembele bembe, pobre negrito bembón Mataron al negro bembón
Mataron al negro bembón
Hoy se llora noche y día
Porque al negrito bembón
Todo el mundo lo quería (…)
Fragmento de «El Negro Bembon», Canción de Cortijo y su Combo e Ismael Rivera ‧ 1958
Escucho a Ismael Rivera en el octavo piso del departamento de Andrés en el barrio de Caballito, en la Ciudad de Buenos Aires. Es él quien me invita a descubrir la movida salsera porteña de la orquesta «La Carambomba», de la cual es el contrabajista y uno de los arreglistas.
Andrés me lleva a la cocina, que es amplia y grande. Enciende la hornilla y pone la pava con agua para el mate. Nació en Lima y migró hace diez años a Argentina motivado por la escena musical porteña y la aventura. Lleva una barba castaña cuidada y un largo cabello que le llega hasta la cintura. Hoy lo tiene recogido. Me dice que, entre la armonía, cantantes, vientistas y percusionistas son diez músicos de Argentina, Colombia, Perú, Cuba y Venezuela los que integran «La Carambomba».
Cae la tarde.
Mientras tomamos mate con bizcochitos y suena «El Nazareno», Andrés me habla sobre la actual movida salsera. Al fondo de su living, más allá del balcón, se extiende el paisaje inconfundible de edificios y arboledas de la Ciudad de Buenos Aires.
«Por años la salsa ha sido vista desde un lugar underground en esta Ciudad, grasa, marginal, pero creo que eso está cambiando de a poco. Cada vez más gente escucha y baila salsa por el fenómeno de las redes sociales y la migración. Argentinos, peruanos, venezolanos, colombianos, mucha gente. Y, más aún con la popularización mundial de las canciones salseras de Bad Bunny», reflexiona.
La salsa nació en los años 60 y 70 en Nueva York y se expandió por América Latina y el mundo como virus tropical. Compuesta de raíces afrocubanas y puertorriqueñas se convirtió en una expresión auténtica capaz de evocar las historias de vida de miles de personas migrantes de los barrios latinos neoyorquinos. Allí, las canciones se revistieron de rabia, nostalgia, desarraigo y esperanza.
La salsa es barrio.
«Una de las citas más famosas de César Miguel Rondón es que la marca definitiva de la salsa fue, sigue y seguirá siendo el barrio, entonces cualquier barrio latinoamericano se identifica con las historias que hay en la salsa», dice Andrés.
Para entender la herencia del sonido bravo de «La Carambomba» hay que volver al Spanish Harlem, al Bronx, donde la gente de la Fania, dirigida por Johnny Pacheco, definió el rumbo y éxito de la salsa. Hay que volver a las músicas de Héctor Lavoe, Celia Cruz, Willie Colón, Larry Harlow, Cheo Feliciano, Pete «El Conde» Rodríguez, Rubén Blades, Richie Ray & Bobby Cruz, Ray Barreto y la lista continúa.
«La Carambomba»: una historia de migración y memoria
Dos días después, me encuentro con Jabes, el pianista y uno de los fundadores de «La Carambomba» en el barrio Palermo, en una casa que un siglo atrás fue una casa chorizo que albergó a familias migrantes italianas.
De ojos grandes y negros, pelo tupido, remera estampada de la orquesta puertorriqueña «Roberto Roena & Su Apollo Sound», Jabes apenas me ve salir por la puerta principal extiende su mano y con un tono cordial y familiar me dice: «Buenas noches, hermano». Nacido en Santiago de Cali, graduado de la «Fernando Sor, Escuela de música y audio» en Bogotá y la «Escuela de Música Contemporánea» en Buenos Aires, Jabes migró a Argentina nueve años atrás. Primero vino de vacaciones a conocer la cultura musical, sobre todo la movida jazzera, y luego se enamoró de Buenos Aires.

Dentro de la casa, cruzamos por un largo pasillo inundado de libros hasta un salón inundado de más libros que se llama «Sala Juana Azurduy», la heroína de la emancipación latinoamericana. La primera conexión que Jabes tuvo con la movida salsera no se dio en el escenario musical sino en las pistas de baile de las fiestas argentinas y colombianas que se encontró a su llegada.
«Era el lugar el que me hacía sentir que, aunque estuviera lejos, todo eso que yo era allá en Colombia podía estar acá también, un poco, unas horas y eso es lindo», comparte.
La salsa es baile.
Se sabe que la salsa no es una novedad en la escena cultural de la Ciudad de Buenos Aires. Hace parte de los procesos migratorios de los 80 y 90 que se dieron en el contexto socioeconómico y político del 1 a 1 en los gobiernos de Carlos Saúl Menem (1989-1999). Sergio Pujol, en su libro Historia del baile, de la milonga a la disco, describe —muy por encima— a la salsa como un fenómeno musical alimentado principalmente por la migración peruana y cubana. En esa época nacen las clases de baile en los salones de gimnasia y aeróbicos y se consolidan fiestas como «La Salsera», «Guanabara», «Mundo Latino», «Azúcar», «La Trastienda».
Para los albores de la crisis de 2001, la movida cultural que se había afianzado en los años menemistas tuvo sus frenos y retornos migratorios. Sin embargo, a lo largo de la década, la migración colombiana y del Caribe que arribó a Argentina trajo consigo una nueva impronta musical que se hizo notar cada vez más en las rumbas porteñas y en la vida en general.
Jabes me cuenta que la movida de la salsa brava como tal tomó nuevos aires en la escena porteña en 2013: «La escena colombiana que empezó a hacer fiesta, digamos, vino con una reunión que se llamaba «Colfusionarte», que era un espacio de cine y salsa, o sea, se ponía una película, se hacía un debate de la peli y después terminaban con una fiesta. Y eso empezó a reunir tanto a colombianos como argentinos a los que les empezó a llamar la atención la salsa brava. Después de eso vino «Fuego en el 23» que es una fiesta muy emblemática hecha por colombianos y un DJ venezolano, que recogió un poco ese sentir que se empezó a gestar en «Colfusionarte» y que luego terminó siendo la comunidad «Yambeque» de salsa brava».
Estos encuentros de socialización y rumba amplificaron y dieron una identidad comunitaria salsera migrante que conformó, a su vez, una nueva escena dentro de la movida salsera de la Ciudad de Buenos Aires, de la que ya participaban otros grupos de salsa como las academias de baile al ritmo de la timba y el son cubano.

Estos encuentros de socialización y rumba amplificaron y dieron una identidad comunitaria salsera migrante que conformó, a su vez, una nueva escena dentro de la movida salsera de la Ciudad de Buenos Aires, de la que ya participaban otros grupos de salsa como las academias de baile al ritmo de la timba y el son cubano.
A partir de 2015, se produce un nuevo giro cultural en la escena musical porteña con la llegada de personas migrantes de la República Bolivariana de Venezuela. Jabes lo llama «el milagro musical» ya que al país llegaron músicos de un alto nivel técnico, profesional y creativo que aportaron nuevas sonoridades y calidad a la movida salsera de Buenos Aires. Cabe mencionar a tres figuras claves de la historia de la salsa como son Frank Márquez (director musical de «La Carambomba»), Gersón Aranda Rodil y Juan Morales, aunque son muchos los cantantes, instrumentistas, DJs, bailarines venezolanos que fortalecieron el género musical en la escena de Buenos Aires.
Sin embargo, en el contexto de la pandemia de COVID-19 muchas personas tuvieron que retornar a sus países de origen o emigrar a nuevos destinos; esto hizo insostenibles orquestas y comunidades salseras como «Yambeque».
En este punto de la conversación, Jabes, con ojos luminosos de entusiasmo, me dice que «La Carambomba» nace como un deseo que busca recoger las necesidades de esa memoria y legado musical de «Colfusionarte», «Fuego en el 23» y «Yambeque» y, a través de la salsa brava, recuperar la potencia colectiva que la pandemia se llevó. De ahí que, viendo esta orfandad, en enero de 2025, Jabes Insuasty, Damel de la Vega, Manuela Altilio y Joaquín Fontana se reunieron para fundar «La Carambomba» y no dejar morir el sentimiento en la escena porteña.
Identidad y trabajo cooperativo
Una semana más tarde, la voz de Manuela describe el momento en el que decidieron nombrarse a sí mismos «La Carambomba»: «Nosotros formamos parte de otra orquesta y por varios motivos nos terminamos separando, no voy a entrar en detalle, pero fue muy triste; pero la cuestión es que en vez de dejar de crear música o interpretarla dijimos: «Che, hagamos algo con esto que está buenísimo y hay mucha química». Así que nada, activamos con proyecto que nos mueve realmente a todos».
La idea de «La Carambomba» se le ocurrió a Damel. «A todos les resonó muchísimo el nombre. Era el tipo de nombre acorde con la salsa brava, la salsa de calle, salsa explosiva por así decirlo, entonces el nombre nos dio en el clavo la verdad», recuerda Manuela. El nombre tiene su origen en la canción «Bomba Carambomba» compuesta por Alberto «Titi» Amadeo Rivero y popularizada por Ángel Canales, Cortijo e Ismael Rivera, la Sonora Ponceña.
Son las 8:30 de la noche. Por la calle Godoy Cruz pasa uno que otro auto y un Rappi. Al cielo una mirada larga. Unos minutos después, Manuela me manda mensaje por WhatsApp: «Estoy». Abro la puerta. Usa una chaqueta finita de jean y el pelo negro ondulado. Su rostro es amigable.

Orgullosa de haber nacido en el barrio La Paternal, Manuela, una de las cosas que me dice sobre la identidad de «La Carambomba», es que hay pocas referencias femeninas en la salsa brava. Nombra a Yolanda Rivera (cantante de la Sonora Ponceña) y a Celia Cruz, pero no mucho más. «Hay un montón de mujeres que cantan salsa, pero el tipo de salsa que hacemos nosotros no es tan común. Y creo que eso es algo para destacar de «La Carambomba»; de hecho, es algo que llama bastante la atención justamente por el tipo de salsa que hacemos».
Aún no se dijo, pero en la salsa hay una variedad de subgéneros para todos los gustos que van desde la salsa brava, pasando por la salsa rosada o romántica hasta la más pop. En este punto, «La Carambomba» viene trabajando en dos tipos de estrategias que complementan y expanden su nicho salsero. El objetivo es llegar a un público argentino más amplio interesado en la salsa, pero que no se anima a bailarla.
Manuela explica que «Explosión Salsera» «es 100 % salsa brava; de hecho, en general llamamos a un DJ que sepa el concepto con el que trabajamos. Y después tenemos otro tipo de fiesta que se llama «Explosión Latina», que ahí ya trabajamos con los géneros de salsa, obviamente, cumbia y reguetón; en general para este tipo de fiestas llamamos a una banda de cumbia también para que se sume al parrandón, a veces simplemente llamamos a un DJ que también tenga cierta curaduría en el tipo de música que queremos».
Para que un proyecto musical como «La Carambomba» sea sustentable se necesita de mucho trabajo, confianza y comunicación. Manuela me cuenta que la organización de trabajo de «La Carambomba» es la de una cooperativa que se apoya en un fondo común, donde se distribuyen las actividades, tareas y los sueldos según el trabajo que realiza cada integrante.
En esta autogestión, Jabes se encarga de coordinar presentaciones y eventos, Damel de las finanzas y aspectos artísticos, Manuela de la comunicación de las redes sociales, Joaquín de cuestiones administrativas y el resto del equipo, aparte de los ensayos y shows, están a cargo de realizar los arreglos musicales de la orquesta y todo lo que surja y sume al trabajo colectivo. «Hacemos un poco de todo, si bien hay roles principales, entre todos estamos pudiendo lograr llevar el proyecto adelante, que no es poca cosa en una orquesta de diez personas y me genera mucho orgullo», agrega Manuela.
En el actual contexto de recesión económica y con una reforma laboral recién sancionada por el Congreso que quita derechos a los trabajadores, el panorama que enfrentan orquestas como «La Carambomba» es desafiante y complejo. Por un lado, en Argentina, el mundo laboral de los músicos es —en su mayoría— de una completa informalidad. No existen contratos, sueldos fijos, seguridad social, en resumen, derechos. Y por otro lado, la crisis económica ha tenido un impacto dramático en la caída del consumo cultural.
«La Carambomba» reconoce esta complejidad y las dificultades que trae para su sustentabilidad. Por eso, se han enfocado en el tema publicitario y las estrategias de organización de la rumba como una forma de crecer, recibir un «voto de confianza» de quienes los siguen y fortalecer a la comunidad salsera. A esto se suma la decisión de establecer acuerdos directos con los empresarios locales —en el rol de organizadores de la fiesta—, definir precios acordes y accesibles al público en general y, a la vez, garantizar un salario digno para cada uno de sus integrantes.
Explosión Salsera: reivindicando el legado de Colfusionarte, Fuego en el 23 y Yambeque
Como si todo en la vida le faltara
Concepción eleva la vista al cielo
Como si el mundo se le cayera encima
Concepción contaba su desconsuelo
Y decía: “Hay niños que mantener”
Y decía: “Hay niños que mantener”
Si yo soy de los de abajo, ¿qué tiene que ver?
Yo tengo el mismo derecho de vivir (…)
Fragmento de «Lamento de concepción» de Roberto Roena (1978)
Es viernes, 11:45 de la noche. Estoy en el Centro Cultural La Paz Arriba, en la vereda. Salen personas de las clases de swing. Entran personas con cierto tumbao que reconozco con facilidad. Algunos se paran a esperar a su pareja y otros tantos a fumar un pucho o a tomar una lata de cerveza.
En una de esas me cruzo con Álvaro, que al principio me mira de reojo, con desconfianza, bañado en luces de neón tipo Blade Runner, pero cuando me acerco y escucha que estoy haciendo esta crónica de la orquesta se distiende. Está esperando a su esposa. Es la primera vez que viene a escuchar a «La Carambomba».
Álvaro luce el pelo corto y prolijo, una camisa de rayas azules y blancas, zapatos lustrados y una cara de señor bonachón. Me cuenta que hace treinta años se vino de Perú, buscando mejores oportunidades de vida. Recuerda que en esos años ya se presentaban grandes estrellas de la salsa en la Ciudad como Celia Cruz y Oscar D’León y había fiestas salseras en muchos lugares. Para él, la salsa es un espacio para disfrutar, hacer «sociales» como dice riéndose, y dejar a un costado los imperativos cotidianos del trabajo y las preocupaciones de no llegar a fin de mes. Suena su teléfono.

A los pocos minutos, en un gran plano secuencia «La Carambomba» llega por todos los frentes lumínicos de las avenidas Callao y Santa Fe: Manuela Altilio (cantante), Damel de la Vega (cantante), Jabes Insuasty (pianista), Andrés de la Cruz (contrabajista), Frank Marquez (timbalero), Joaquín Fontana (conguero), Alan Ruiz (bongosero y campanero), Federico Brandalisio (trombonista), Sacha Fernández (trombonista), Luis Sulbaran (trompetista).
La avalancha salsera se prende con la descarga de la DJ Mamalunga. En el salón las mesas sudadas por las bebidas son abandonadas y la pista de baile de colores es tomada por una multitud alegre.
Más tarde, cuando suba al escenario «La Carambomba» y la salsa brava golpee y avance sobre la noche como un camión luminoso, armonioso, pachangoso, bien a lo guaguancó, me encontraré a Álvaro y a su esposa desatados en la pista bailando como los dioses.
Una forma de seguir construyendo comunidad
La comunidad salsera la construyen las orquestas, los bailarines, productores y organizadores de los festivales y fiestas, los espacios culturales, los DJs y la gente que asiste.
«La Carambomba» integra este «movimiento salsero» que reúne a una diversidad de identidades con un objetivo claro: «hacer bailar al público, hacer gozar al público», dice Manuela. Jabes y Andrés mencionan con el mismo tono de admiración y entusiasmo a «Salsa de Barrio» y a los compañeros y amigos que con mucho amor y solidaridad lo dan todo para que el público pueda acceder gratuitamente en vivo a una orquesta de salsa.
Para los tres, la fiesta en Boedo —así como otras tantas— surgió de la importancia de abrazarse y fue un claro mensaje que traspasó fronteras sobre lo que está pasando con la actual movida de la salsa en Buenos Aires. Por eso, «La Carambomba» apunta a continuar militando la salsa como un lugar de encuentro comunitario para combatir la tristeza y reivindicar al barrio, el baile, el goce, la memoria.
«Hay que tomarse la salsa con compromiso porque entre más gente se infecte del virus de la salsa, como siempre digo, nos va a ir mejor a todos», expresa Jabes.
La salsa es comunidad.
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Es Licenciado en Ciencia Política por la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín. Magister en Derechos Humanos y Democracia en América Latina y el Caribe (LATMA-UNSAM-CIEP-Global Campus of Human Rights).
Sus temas de investigación están vinculados a la ciudadanía, la migración, las violencias y los derechos humanos, en especial aquellos relacionados con problemáticas de acceso a derechos políticos y sociales en contextos de violencias.
Actualmente se desempeña como coordinador general de la ONG Bibliotecas Rurales Argentinas.
