La cineasta y archivista paraguaya Noemí Fleitas Prieto explora la migración como una experiencia sensible a través del cine documental y la restauración de archivos. Desde su labor en Buenos Aires y Paraguay, propone el uso de registros familiares y el “found footage” como herramientas políticas para combatir los silencios históricos y transformar la nostalgia en una fortaleza colectiva.
Cineasta y archivista, Noemí Fleitas Prieto tiene 35 años y nació en Luque, Paraguay. Llegó a la Argentina en 2013, en un viaje marcado por el desarraigo: viajó junto a su madre, pero se quedó sola cuando ella regresó a la semana. Desde entonces, trabaja con archivos audiovisuales y memorias íntimas para combatir los silencios de la historia, pensar la migración como una experiencia sensible y retratar relatos colectivos desde el cine documental.
Hay trayectorias que no pueden ser resumidas solo por la formación o los proyectos realizados, sino por las heridas que trazan su recorrido. En el caso de Noemí, la migración, el archivo y el cine no aparecen como temas separados, sino como capas de una misma experiencia vital. Migrar no fue solo un cambio de domicilio: fue una reconstrucción profunda de la mirada, del cuerpo y del vínculo con la memoria.
Identidad migrante y violencias cotidianas
Tenía 22 años cuando llegó para estudiar Diseño de Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos Aires con objetivos claros, pero sin imaginar lo que implicaba empezar de cero en una ciudad y nación desconocida: “Empezar de cero suena emocionante, pero en la práctica te obliga a mirarte de frente, a descubrir partes de vos que no conocías y a crear nuevas facetas para poder seguir”, reflexiona.
Al ser paraguaya y vivir lejos de su país, su identidad empezó a adquirir interpretaciones atravesadas por narrativas y prejuicios ajenos. En un contexto donde la identidad migrante suele ser reducida a estereotipos, su relato expone con claridad cómo esas violencias cotidianas se filtran en lo más íntimo.
La xenofobia, explica, puede ser explícita o disimulada, pero casi siempre aparece: en la forma de hablar, de vestir o en los gestos. “Siempre hay una reacción, un comentario, una mirada”, señala.

La identidad, para Fleitas, está profundamente atravesada por las emociones. Cuando se habla livianamente de un país desconocido, emergen las personas, los afectos y la cultura que se ama. La primera reacción suele ser emocional —de enojo, tristeza o defensa—; con el tiempo, se aprenden estrategias para enfrentar o ignorar esas situaciones, aunque el dolor persiste, sofocando el corazón.
Migrar también le permitió tomar distancia y observar con otros ojos las injusticias sociales, políticas y culturales naturalizadas en Paraguay, vinculadas a la desigualdad, la exclusión y la violencia: “Con el tiempo el cuerpo se vuelve más liviano, como si desarrollara una nueva piel. Adaptarse es construir una narrativa que contemple lo emocional sin perder la mirada crítica”, afirma.
La nostalgia no desaparece, se transmuta. Adquiere el cuerpo de un espacio intermedio, un “entre”, donde conviven la cultura de origen y la del territorio que se habita. Como mujer migrante y paraguaya, Fleitas enfrentó comentarios xenofóbicos y vacíos sociales, vinculados a la falta de redes de contención, pertenencia y reconocimiento, aunque también reconoce que esa incomodidad forjó elementos de subsistencia que, con el tiempo, se convierten en fortaleza.
El archivo como práctica política y sensible
Hoy, Noemí Fleitas Prieto se define como cineasta y archivista paraguaya residente en Buenos Aires. Su práctica es especialmente relevante en una actualidad donde la memoria parece estar condenada al entierro entre archivos oficiales inaccesibles y relatos privados condenados al olvido. Desarrolla “documentales de creación”, una forma de cine documental que prioriza la exploración estética y subjetiva, e investiga la restauración de archivos audiovisuales y su uso como recurso narrativo en el cine documental. Para ella, el archivo no es solo un material de trabajo, sino una forma de volver a mirar aquello que fue silenciado, tanto en la historia oficial como en la intimidad de las familias.
Fleitas forma parte de la Asociación Paraguaya de Productores Autores Cineastas Independientes (APCI) y del Archivo de la Memoria Audiovisual del Nordeste Argentino (AMANEA), actualmente con sede en Paraguay. Desde estos espacios impulsa talleres, clínicas, clases magistrales y charlas gratuitas destinadas a personas interesadas en el archivo audiovisual. El ciclo Preservar y Remontar, desarrollado por AMANEA, convocó en su edición 2025 a alrededor de 200 personas de Paraguay, Argentina y otros países de Latinoamérica, y acompañó doce proyectos documentales paraguayos.
Además, AMANEA fundó en 2023 la muestra de cine recuperado Beija Flor, realizada en el marco del Home Movie Day, una iniciativa global dedicada a la proyección de archivos familiares y películas restauradas. En su última edición se exhibieron también obras producidas dentro del taller Preservar y Remontar.
Como cineasta, Fleitas trabajó como montajista en Biopsia (2023), largometraje documental mexicano dirigido por Adriana López Garibay, que explora, a través del trabajo con archivos, los efectos de la violencia de género sobre la imagen y el cuerpo. En 2024 estrenó el cortometraje documental Irondy en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires, dentro de la categoría “Vanguardia y Género”. Allí propone un acercamiento testimonial al pueblo Aché, pueblo indígena originario de Paraguay históricamente atravesado por el despojo y la violencia estatal, donde memoria y territorio se vuelven inseparables y el canto aparece como forma de sanación.

Formación, lenguaje y primeros rituales audiovisuales
El interés de Fleitas por el cine comenzó después de estudiar Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de Asunción. Su recorrido permite leer una constante: la necesidad de encontrar lenguajes que no traicionen la complejidad de las historias que narra. Fue allí donde descubrió su afinidad por la escritura, la historia de su país y, especialmente, por los relatos de las personas entrevistadas: “Sentía la necesidad de ir más allá del reportaje periodístico y explorar otras herramientas expresivas”, recuerda.
Durante su infancia y adolescencia, el cine no se presentaba como una opción profesional posible. Sin embargo, los relatos siempre estuvieron ahí: libros, canciones y, más tarde, los VHS que un videoclub cercano a su casa regalaba. Ir al cine era un lujo, pero el ritual en soledad, frente al televisor fue su primer acercamiento con el lenguaje audiovisual.
Al mismo tiempo, los videos de fiestas familiares reunían a toda su familia alrededor del televisor. “Algo de ese ritual se perdió y quedó atrapado dentro del cassette”, dice. Con el tiempo, esa experiencia se volvió clave para entender su posterior especialización en la restauración de cintas electromagnéticas.
Su paso por la UBA marcó un quiebre. Más allá de las herramientas técnicas, la formación transformó su mirada crítica y su forma de entenderse como sujeto político. La historia del cine aparecía indisolublemente ligada a la historia social y a la construcción de memoria colectiva. La comparación con la realidad paraguaya fue inevitable: la ausencia de consensos sobre el pasado sigue generando violencias y heridas abiertas, expresadas en silencios, negaciones y disputas aún vigentes en el presente.
Found footage y disputa del relato histórico
El trabajo con archivos se volvió central en su práctica a partir de una clase sobre found footage. En un país marcado por la ausencia y el borramiento, esta elección no es inocente: trabajar con imágenes encontradas es también asumir una posición política frente a la historia. El found footage se basa en películas construidas a partir de imágenes encontradas o producidas con otros fines, que, a través del montaje, resignifican el pasado y cuestionan el sentido original de las imágenes.
A partir de esa experiencia, Fleitas comenzó a investigar los archivos audiovisuales de Paraguay y encontró en los registros familiares en VHS una fuente fundamental para comprender la historia del país, especialmente frente a la escasez de archivos oficiales accesibles.
La cultura paraguaya, atravesada por décadas de censura durante la dictadura de Alfredo Stroessner (1954–1989), arrastra silencios que los gobiernos democráticos posteriores no lograron reparar. Esa herencia conservadora se manifiesta en una visión cultural tradicionalista, misógina y segregadora. Frente a ese escenario, trabajar con archivos íntimos se vuelve una forma de disputar los relatos hegemónicos y de proponer nuevas lecturas del pasado.
En Irondy, el cortometraje realizado junto al pueblo Aché, Fleitas utilizó archivos de investigaciones antropológicas y registros de cantos que funcionan como una forma de elaborar el genocidio perpetrado por el Estado paraguayo. Archivo y memoria dialogan allí a través del sonido y del territorio. En el largometraje que desarrolla actualmente, trabaja con un acervo de archivos familiares para analizar los roles de género establecidos; “Me interesa que cada proyecto encuentre su propia narrativa, más allá de la denuncia”, señala.
Para Fleitas, el arte y el archivo comparten una potencia capaz de generar identificación en quienes miran. En ese gesto, también se vuelve necesario desconfiar de las imágenes establecidas y subvertir las construcciones de la mímesis, históricamente controladas por las élites.

Archivos familiares y construcción colectiva de la memoria
La ausencia de políticas públicas sólidas para la restauración y conservación de archivos audiovisuales en Paraguay refuerza la importancia de los archivos familiares como patrimonio cultural. Frente a un Estado que no resguarda, son las comunidades las que sostienen la memoria. Lo que comenzó como una iniciativa individual se transformó, para Fleitas, en un proyecto necesariamente colectivo al entrar en contacto con las personas que atesoraban estos materiales como recuerdos preciados.
El vínculo afectivo con las imágenes modificó el sentido del trabajo: “Aquello que emociona no puede quedar guardado: necesita expandirse y transformarse”, sostiene. De allí surge la necesidad de promover talleres de restauración, espacios de creación con archivos, proyecciones y debates sobre la disputa por el discurso histórico. Recuperar estas imágenes permite también reconstruir una noción de historia y de autoestima social, habilitando nuevas representaciones frente a problemáticas vigentes como el machismo, la homofobia o el miedo.
Además de su trabajo en AMANEA, Fleitas integra la Asociación Paraguaya de Productores Autores Cineastas Independientes (APCI), desde donde se organizan para disputar espacios de representación y financiamiento estatal para el cine independiente. En el ámbito archivístico, el trabajo en red con investigadores y cineastas del nordeste argentino busca desdibujar la frontera entre Paraguay y Argentina, construyendo una mirada regional sobre la memoria. El proceso es lento, pero profundamente satisfactorio.
Migrar sin recetas: duelo, soledad y no pertenencia
Al pensar en otras personas migrantes, Fleitas evita los mensajes cerrados o prescriptivos. Esa cautela no es indiferencia, sino conciencia del lugar desde el que se habla y de las desigualdades que atraviesan toda experiencia migratoria. Ella reconoce que hablar desde el privilegio puede resultar inapropiado y, por eso, destaca la importancia de dar lugar al duelo migratorio y a la soledad que implica no pertenecer del todo. Migrar supone renunciar a momentos, a la construcción cotidiana de recuerdos compartidos.
Imagen de portada: Noemi, en el centro de la foto, como moderadora en “Conversatorio: Archivos Cuir y memorias disidentes de Paraguay”. | Foto: cortesía
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Es comunicadora social, argentina y entrerriana. Desde que tiene uso de razón, escribe. Encuentra en la escritura un refugio, un estilo de vida y una vía de autoconocimiento. Para ella, el periodismo es una manera de tender puentes entre los sectores invisibilizados y la mirada popular.
