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Dentro de la colectividad boliviana de Buenos Aires encontramos a un militante cuya historia, desde su cosmovisión, resulta profundamente llamativa. Gustavo Morón, abogado con larga experiencia en temáticas migratorias, distingue su identidad de una forma particular: como un «quechua nacido en Buenos Aires».

«Yo soy integrante de la colectividad boliviana; la que ha emigrado es mi mamá siendo bebé y mi padre siendo adolescente. Pero pertenezco al colectivo boliviano acá en Buenos Aires, y decir pertenecer es para mí muy importante, en el sentido de que muchas veces se le pide al migrante que se integre, y muchas veces integrarse es negar su origen, desintegrar sus tradiciones», relata con una convicción que invita a repensar de dónde venimos.

Nació en Buenos Aires, y su esencia está profundamente arraigada en la trayectoria de su madre y su padre en territorio argentino. Su madre llegó a Salta desde Bolivia con solo 15 días de vida, junto a otros cinco hermanos.

En su relato, Gustavo se emociona al recordar una historia que su madre le contaba: su primera «muñequita» se la había regalado Evita en una Navidad. Su padre, por su parte, arribó también desde Bolivia a Argentina a los 16 años. Así, su principal árbol genealógico marcó las primeras palabras de su identidad mucho antes de su nacimiento en el plano terrenal.

«Me fuí descubriendo la identidad a partir de la vivencia. Veía mucha discriminación hacia los migrantes. En la década de 1980 y 1990, cuando no se hablaba tanto de discriminación, acá en Argentina te decían: “Nosotros no discriminamos al extranjero, queremos a los musulmanes y a los judíos”. Lo que pasa es que tienen una visión europea. En verdad se rechazaba al originario de acá», explica en relación a aspectos clave de la discriminación en Buenos Aires.

Las raíces maternas y el peso de la discriminación temprana

Una de las primeras concepciones de la discriminación racial en su vida proviene de las vivencias de su madre y su abuela. Ambas, después de vivir cinco años en Salta, se mudaron a Buenos Aires, donde vendían ajo y limones. «El viejo paisano nuestro», dice Gustavo al referirse a esos productos típicamente asociados con la lucha diaria de las familias bolivianas que han buscado subsistir y prosperar en el país.

«Ella sufrió mucha discriminación. Yo me acuerdo cuando la policía nos pateaba la mercadería y a mí me traían volando cuando tenía como 5 años. Para mí era toda una aventura, pero en verdad era fuerte», recuerda, y agrega: «El desprecio siempre se siente en la calle».

«Mi padre también tiene una historia similar. Vino con 16 años, vivió primero en Puerto Nuevo, en la zona de Retiro, y luego en Lugano. Me contaba que, para él, una aventura era ir a bañarse a los baños populares de Constitución, donde se encontraba con todos sus vecinos. Siempre me decía que al salir de la obra el tema era esquivar a la policía, que les pedía coimas y les sacaba plata. La discriminación existía y se manifestaba en agresiones», comenta sobre las desagradables travesías que atravesó su padre en sus primeros años en Argentina.

«Ella (su madre) sufrió mucha discriminación. Yo me acuerdo cuando la policía nos pateaba la mercadería y a mí me traían volando cuando tenía como 5 años. Para mí era toda una aventura, pero en verdad era fuerte», recuerda, y agrega: «El desprecio siempre se siente en la calle».

El fútbol como espejo de las desigualdades

Parte de su crecimiento en Argentina, un país futbolero por excelencia, tuvo que ver con ser hincha de un club. En su caso, era simpatizante de River por herencia paterna. Sin embargo, una vez que se percató del uso de cánticos discriminatorios, cargados de xenofobia, su vínculo con el fútbol cambió profundamente.

«Escuché los cantos en las canchas: “Son todos bolivianos, son todos paraguayos, la mitad más uno son de Bolivia y Paraguay”. Ahí entré en crisis», relata.

Gustavo narra sus recuerdos como si los proyectara en una película. Menciona nombres, rostros, lugares: su memoria pareciera custodiar cada detalle. Así, permite adentrarse en su infancia y en su proceso de autodescubrimiento.

«Mis padres, como muchos migrantes, se esforzaban para que sus hijos fueran a colegios privados, pensando que sería mejor. Yo vivía en la Villa 20 de Lugano, y mi padre nos llevó a mi hermana y a mí a un colegio privado. Éramos los únicos morochitos entre todos los rubiecitos. Me sentía totalmente apartado. De grande, les dije a mis padres que yo solo quería ser un niño más, no el “morochito” que nadie quería», recuerda, cerrando con un sincero: «Fue muy fuerte».

La lectura como refugio y la identidad como camino

Durante su adolescencia, mientras se encaminaba hacia la carrera de Derecho, Gustavo encontraba en la lectura su mayor disfrute, a la que define como «vacaciones». Su infancia, dice, estuvo atravesada por la humildad, por juegos simples, como «jugar con jabón en el patio», pero llena de aprendizaje.

Mientras crecía, se daba cuenta de que «en casa hablaban un idioma raro, el quechua, y hacían cosas que en el colegio no se hacían». Esa diferencia despertó su curiosidad y marcó su mirada identitaria.

«En el secundario me decían “How” o me cantaban los cantos de la cancha. Uno, como adolescente, quiere ser querido, apreciado, integrado. Por eso, cuando veo hijos de bolivianos que niegan sus raíces, los veo como víctimas de una sociedad racista. No los juzgo, porque entiendo que tiene que ver con el amor propio», confiesa sobre sus experiencias con la discriminación y la manera en que estas se replican hoy en generaciones más jóvenes.

Todas esas injusticias que vivió, ser argentino por nacimiento, pero boliviano e indoamericano por herencia, lo llevaron finalmente a estudiar Derecho, con el propósito de transformar esas desigualdades desde el conocimiento y la acción.

El descubrimiento del rol social del Derecho

Gustavo recuerda un momento bisagra durante su formación académica, en 1994, cuando cursaba la materia «Derechos Humanos y Garantías». En esa clase, el profesor explicaba el proceso del mercado común europeo, lo que luego derivaría en el euro, y en paralelo mencionaba el surgimiento del Mercosur y sus sistemas de representación.

En ese contexto, un chico dice: «Disculpe, profesor, ¿los bolitas van a votar a mi presidente?». Para él, aquella situación fue «impactante». 

«Salí sin llorar, llorando dentro mío y diciendo: ¿cuál es mi rol acá? ¿Cuál es mi rol en verdad en una profesión? ¿Cuál es?», reflexiona.

A partir de ese episodio, comprendió qué quería hacer con su carrera. «Tres años después empecé a participar en asociaciones bolivianas», cuenta. Desde entonces, se dedica a luchar contra la antigua ley de migraciones, la ley de Videla, y a militar a favor de una nueva.

Años más tarde, el tema del fútbol y la xenofobia volvieron a cruzarse en su vida. Fue durante un partido entre Boca e Independiente en 1998.

«La hinchada de Independiente puso la bandera boliviana y paraguaya y escribió “bienvenida a la número 12”. Salió en Clarín. Yo llevé la nota a la embajada de Bolivia, era estudiante todavía, y les dije: “Miren, esto es discriminatorio, hay algo que hacer”. Y me respondieron: “¿Cuál es el problema, señor? Es fútbol y nada más”»,  rememora con indignación.

Fuera de las canchas, también en la televisión, encontraba la misma naturalización de expresiones discriminatorias. Con el tiempo comprendió que son formas de pensamiento que con las que forman a muchas personas desde la niñez.

«Acá, claramente, el estereotipo se proyecta sobre el indoamericano. Más allá de ser boliviano, peruano o argentino, el desprecio es hacia el indoamericano. Hay un desconocimiento enorme de la historia: parece que todos venimos de los barcos y que lo demás es ajeno», afirma.

La juventud y el desafío de la identidad colectiva

Otra de sus preocupaciones está centrada en la juventud de la colectividad boliviana. «Los chicos, como si fuera una cuestión de “nacido acá o allá”, se aferran a haber nacido aquí. Pero va más allá de eso», explica. Su respuesta es clara: «Hay que fomentar más el tema de la identidad a través de la educación y la participación».

«Estamos en una sociedad muy individualista. Prefiero un trabajo colectivo, comunitario. Todavía hay grupos que se reúnen, que trabajan, y uno se siente parte de eso. Creo que hay que crear un movimiento fuerte de pueblos originarios, indígenas, indoamericanos, porque también nosotros en esta sociedad estamos exotizados. Y a muchos de nuestros hermanos les gusta estar exotizados, les gustan los escenarios», comenta en relación con uno de los objetivos que espera se forjen en la colectividad.

«Acá, claramente, el estereotipo se proyecta sobre el indoamericano. Más allá de ser boliviano, peruano o argentino, el desprecio es hacia el indoamericano. Hay un desconocimiento enorme de la historia: parece que todos venimos de los barcos y que lo demás es ajeno», afirma.

En su trabajo comunitario, Gustavo también ha impulsado clases de apoyo educativo. «Era muy importante no solo no solo para niñas, niños y adolescentes. Nos dimos cuenta de la necesidad de saber leer y escribir. Ahora estamos con el tema migratorio. El 24 de marzo queremos visibilizar a los desaparecidos bolivianos. Decir: “Acá estamos hace rato”. Eso es lo que nos pasó y lo que nos sigue pasando. No puede ser algo ajeno», expresa.

La política migratoria actual y sus consecuencias

En cuanto a la política migratoria del gobierno de Javier Milei, Gustavo reflexiona con preocupación por su impacto en la comunidad migrante.

«El migrante no representa peligro en Argentina. La ley de migraciones de 2004 permite la inmigración, y no hay muchos irregulares. La cantidad de extranjeros que delinquen es la misma que en cualquier país. Modificar esto, diciendo que antes se expulsaba a una persona con una condena de cinco años de prisión y ahora se puede expulsar a cualquiera por un delito menor, es grave», señaló.

En cuanto a las recientes redadas que se hicieron en Liniers y en Celina, las cataloga de «innecesarias». «En Celina, de 300 personas relevadas, encontraron 14 irregulares, no delincuentes. En Liniers, detuvieron apenas a dos personas y mostraron sus caras de la peor manera, algo totalmente estigmatizante», añade.

«Esto no solo preocupa al que está irregular, sino a toda la comunidad argentina, porque todos nos sentimos parte. ¿Por qué lo hacen así? Se utiliza al migrante como carne de cañón ante un problema económico gravísimo, como parte de una cortina de humo», asevera.

Además, relata que, tras estas situaciones, fueron a la Embajada de Bolivia: «El ministro consejero actual, Rodríguez Leigue, dijo que llevaron una nota al Gobierno argentino sobre los procedimientos en Celina y Liniers, y hasta ahora no les han dado ningún dato. No les conviene, porque los datos serían insignificantes».

«Tenemos un problema macro: Rodrigo Paz, presidente de Bolivia, responde a Trump, y Milei responde a Trump. Están como amigos. La estigmatización del extranjero es terrible. Que Estados Unidos tenga su problemática es algo que ellos verán, pero trasladar esa lógica aquí, o a Chile, me preocupa mucho», destaca.

Una educación que permita volver a las raíces

Por último, Gustavo define con claridad el racismo: «Es contra el indoamericano, contra los pueblos indígenas. Tiene mucho que ver con los estereotipos creados mundialmente. Es como una historia mal contada, donde se olvida de dónde venimos y quiénes construyeron realmente este continente».

Consultado sobre qué cambiaría del ajedrez social argentino, responde sin dudar: «La currícula educativa». Y agrega: «Yo creo que la educación es primordial en la convivencia para recuperar también la identidad».


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Equipo periodístico |  + notas

Venezolana de nacimiento y cordobesa por elección, es licenciada en Comunicación Social con una maestría en Comunicación y Cultura cursada en Córdoba, ciudad donde reside desde 2012. Su investigación de posgrado exploró la intersección entre fútbol y género a través del estudio de una hinchada feminista de Talleres de Córdoba.
Es poeta con dos libros publicados —Feliz tristeza y Garabatos del alma (en formato digital)— y ha ejercido el periodismo en medios argentinos. Actualmente se desempeña como redactora de contenidos SEO.
Le apasionan los deportes, especialmente el fútbol, el tenis y el béisbol, y milita en la Asamblea de Disidencias Sexuales de Córdoba.


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